Dioses y Madrugadas
El aire era tibio, a pesar de la hora no hacía frío,
aunque no es de extrañarse mucho, porque casi nunca
hace frío a esa hora. La madrugada estaba suspendida
en un hilo y el silencio era sólo interrumpido por
el sonido del agua que pasaba discretamente por un costado
del establo. Las estrellas siempre ahí, ¿adónde
están los planetas?, seguro que son esos que se ven
amarillos, esos que contrastan con la blancura de aquellas
estrellas, aunque parece que no todos esos que se ven amarillos
son planetas, sería mejor ver un platillo volador...¡no
saque esa porque no está dando!, ¡mejor saque
la de la punta, allá!, ¿la primera?, si, la
manea está colgada en el pilar.
Las maneas de fierro, esas que tienen dos placas metálicas
en forma de canaleta, una fija en un extremo y la otra que,
mediante una argolla, se desliza para fijar las patas traseras
de la vaca. Imagino que fueron inventadas en la edad media,
no creo que en ese tiempo las vacas hayan sido más
mansas que las actuales, ésta por lo menos estaba
bastante nerviosa, tenía las orejas vueltas hacia
atrás en señal de alerta y al parecer no se
acordaba para nada de mi, levantó su cabeza para
olfatearme cuando me acerque a ella, y siguió registrando
con su hocico dentro del comedero. Me había puesto
una pesada chomba de lana de oveja que había usado
antes, quizás la última vez que había
estado ahí y seguramente por esa razón a ella
no le extrañó tanto mi presencia, aunque de
todas maneras el movimiento de sus orejas me indicaba que
no estaba tan tranquila como yo hubiese deseado. Poner la
manea es un acto muy sencillo cuando uno lleva algunos días
en estos menesteres, pero como hacía tiempo que no
estaba allí, aspiré profundo para concentrarme
en recrear mis técnicas de ordeña, desarrolladas
el cabo de tantos años de frecuentar la casa de mi
amigo de la niñez. La manea debe hacer un movimiento
pendular para poder tomarla por el lado de la pata que queda
más alejada y fijarse rápidamente a las patas
traseras, arriba de lo que se puede llamar rodilla, de otra
manera una patada de la vaca lanza la manea de vuelta. Eso
fue exactamente lo que ocurrió, me dio la impresión
que estaba esperando ese momento para mostrarme que no estaba
dispuesta a dejarse manejar por un citadino olor a pino
silvestre que venía dándoselas de granjero.
Me pareció escuchar el sonido de la risa bronquial
característica de Don Jano, que llegó como
un susurro a mis espaldas, haciéndome sentir el peso
del tiempo transcurrido desde mi última visita. Puse
mi mano sobre el lomo del animal, dándole unos palmazos
por las costillas, tratando de simular una pesadez de mano
que estaba lejos de parecerse a aquella que se alcanza después
de varias ordeñas, limpias de establo, resistir los
alambres de los fardos de pasto sin guantes y transportar
baldes con leche distancias considerables, golpes que son
como hacer cariño a una ballena; con manos endurecidas
después de fríos inviernos; unas manos que
tratan de parecer amistosas, cálidas, suaves y fuertes
que buscando su complicidad, chocan con el escepticismo
de un animal que en la operación propia de su carácter,
se resiste a incorporar a un nuevo actor en el mundo de
su cotidiano.
Sentado en un minúsculo banco de madera, siento la
flaccidez de sus pezones. ¡Me escondió la leche
Don Jano!, ¡Póngale al ternero!. Las vacas
son unos animales que guardan leche a sus crías y
ante situaciones en que se sienten amenazadas o por simple
capricho, responden trasladando la leche de sus ubres a
otros lugares hasta ahora desconocidos por mí. ¡Ese
overo que está al frente!. Observo un proyecto de
toro de ojos brillantes, con una soga tensada entre su cogote
y la empalizada que separa el recinto con el potrero de
al lado, mirando con impaciencia su comida, reflejando las
largas horas de la noche y la urgencia de su estómago.
Con dos vueltas de la soga en mi mano derecha, trato de
mantener controlada la velocidad de sus pasos hacia su madre,
quien al sentir sus torpes movimientos responde con un breve
mugido, sumergiendo nuevamente la cabeza en el agujero del
pasto en su comedero, dejando paso al sobresalto de los
embates del hocico del ternero en sus ubres, que comenzaban
a hincharse bajo el irresistible estímulo producido
por la succión del impaciente retoño. Debí
haber comenzado por ahí, pero busco explicaciones
para mi torpeza en la forma en que el tiempo desdibuja los
detalles, interponiendo una barrera de descoordinación
e insensibilidad, ante un acto tan simple como subir la
escala mecánica en la estación del Metro.
Empiezo a sentir el sonido del chorro de leche al chocar
con el fondo del balde, al mismo tiempo que distingo el
ronroneo de la espuma del balde casi lleno de Don Jano,
que ya estaba terminando de sacar la colorada. ¿Tanto
me demoré?, trato de buscar una pregunta para hacerle
y de esa manera desdibujar mi calidad de visitante, pero
no se me ocurre ninguna y en el compás de mis manos
al sacar leche, me dispongo a presenciar la retirada de
la oscuridad, como esperando la luz plomiza del alba en
un ventanal de mi imaginación. Empieza a hacer frío
y los rayos del sol se esconden tras la neblina que empieza
a cubrir el valle, imagino el hielo de las botas de goma
al caminar a esa hora por esos terrenos del fondo, al otro
lado de la corrida de álamos, donde la humedad de
la mañana y los rayos de sol en la copa de los árboles
hacen recordar la conexión del chakra rojo, en un
reencuentro con la madre tierra. Empiezo a recordar la última
vez que estuve en ese mismo trance en este establo y trato
de hacer un recuento de las cosas que he vivido desde entonces.
Fue tan repentina esa muerte, era una tarde como cualquier
otra en la pensión de Barros Arana, el disparo resonó
como un trueno y todos nos quedamos petrificados mientras
Jaime se desplomaba, con una expresión de sorpresa
que se fue desvaneciendo junto con nuestra serenidad. ¡Esa
de al lado se saca en la tarde no más!, me dice Don
Jano mientras pasa con un balde con leche de la última
vaca de la mañana, en el momento que me encuentro
desamarrando al ternero que no dejaba de sacudir la cola,
embrujado por el aroma de su desayuno.
Jano, esos quesos que están abajo en el refrigerador,
no los venda porque se los tengo guardados a la Teresita.
Hum... masculla Don Jano, mientras tuesta unas lonjas de
pan francés. En la radio suena la cortina musical
de una cadena de radioemisoras que cubre casi todo el país.
Una cortina musical que he escuchado desde que tengo memoria,
lo único que ha cambiado a lo mejor son los locutores,
porque las noticias son las mismas. El extraño caso
de una madre adolescente que cortó con unas tijeras
a la criatura que estaba pariendo en una zona rural de no
se dónde, y salió libre por un vacío
legal, porque no era aborto, ya que no interrumpió
la gestación intrauterina, ni tampoco un homicidio,
porque la guagua todavía no había nacido.
Esto es acabo de mundo, yo no se adonde vamos a parar, se
escucha desde el fondo mientras preparo una sartenada de
huevos revueltos, con unas gotas de limón, para que
no queden tan pesados para el hígado. Pienso que
el homicidio es un acto relativo, los cartagineses y algunos
pueblos andinos sacrificaban niños a los dioses,
¿qué diferencia tiene morir así?, igual
adiós al planeta, por lo menos hasta otra vida. ¡Son
angelitos que se van al cielo! exclama la Señora
Cleria, el cielo no existe, le respondo con un tono lúdico
sabiendo como iba a reaccionar, esos son cuentos que trajeron
los españoles para controlar el poder sobre estas
tierras. Aún hoy en día se desconfía
de las misiones en el campo, donde antiguamente, en base
a la información que los sacerdotes recopilaban en
el confesionario, los terratenientes ajusticiaban a aquellos
inquilinos que, dejándose llevar por el temor y la
ilusión de hablar con Dios, confesaban su indignas
acciones en contra de los intereses del Patrón. Qué
mejor que utilizar el poder de convocatoria del buen Señor,
¡arrepiéntete pecador!, retumbaba la voz en
la improvisada capilla, mientras el dedo acusador del sacerdote
apuntaba hacia la concurrencia. ¡El sufrimiento eterno
caerá sobre los que se atrevan a contradecir las
leyes de Dios!. El que no bajaba la mirada al suelo entre
escalofríos de terror era un loco, o amigo del Cura.
¡M’ijo, Dios lo va a castigar por ateo!, de
donde sacó usted esas ideas, viniendo de una familia
tan católica. Pero Señora Cleria, si a lo
mejor no existe Dios, yo creo que...¡Lo que pasa es
que a usted le queda mucho por vivir todavía!, ya
sentará cabeza y va a llegar el día en que
lo vea rezando en la iglesia, que harta falta que le hace,
tiene que agradecer al Señor, lo que él le
ha dado. Dígale lo mismo a Don Jano, yo no he sabido
que haya ido a misa, Si!, usté Jano hace tiempo que
no va misa. No puedo pues, quién se va a quedar cuidando
la parcela, replica Don Jano, al mismo tiempo que sale de
la cocina ajustándose el gorro de lana sin levantar
la mirada y con una sonrisa que apenas se adivina. Se dirige
al establo a soltar las vacas, que se van a pastar hasta
las tres o cuatro de la tarde.
La Conjura y el Universo
Un visitante es un extraño en la medida en que altera
el flujo de coordinaciones entre los distintos participantes
de un mundo. Utilizo aquí la expresión “mundo”,
en el sentido que es algo que tiene historia, idioma propio,
cosmologías que explican su origen y destino, creencias
y emociones que cohesionan a los que las comparten, y una
identificación muy clara de sus fronteras. El flujo
de coordinaciones constituye el cotidiano, es decir, intercambios
que en su recurrencia van tejiendo una base de distinciones
compartidas, verdaderas conjuras o acuerdos desde los cuales
se construye una cierta realidad. El mundo surge como un
determinado mundo, para las personas que acuerdan un determinado
significado para las distinciones que comparten. La religión
es uno de los elementos de cohesión más importantes
de la comunidad que se describe aquí. Al ser un elemento
de cohesión, es también un generador de identidad
para esta comunidad, en este sentido la religión
constituye un cristal a través del cual se establecen
un patrón de distinciones que configuran el mundo,
o la forma en que ellos conciben el mundo externo. El hombre
propone y Dios dispone. El dominio de acciones de esta comunidad
queda determinado en gran parte por la fe que profesan,
se concibe la existencia de un padre todopoderoso capaz
de dar y quitar, de conceder y negar. Un Padre al que se
le agradece y se le pide en cada misa. Aunque Don Jano no
va casi nunca a misa, la divinidad está presente
en la mayoría de sus actos, el resultado de sus cosechas,
su salud, la seguridad de sus bienes, incluso sus mujeres.
La divinidad, al definir el dominio de sus acciones, es
parte de su mayanadi propio y el de la comunidad.
En este caso, se describe la presencia de un visitante que
no comparte la cosmología que les da, en cierta forma,
un tipo de legitimidad como seres humanos en este planeta.
No existe la complicidad ni un espacio de coordinaciones
recurrentes entre el visitante y esta comunidad, en el contexto
de las creencias religiosas, que permita una visión
de un universo compartido, éste no va a misa con
ellos. El visitante y los miembros de esta comunidad hablan
sobre un universo que, tal como las ilusiones ópticas,
parece que fuera único, pero que son en realidad
dos o más universos y muy distintos. Estos universos
se superponen, no obstante en las coordinaciones del trabajo.
Ahí sí existen retazos de un universo compartido,
que surge a través de quehaceres, ofrendas y aceptaciones
mutuas que tienen que ver con el trabajo como un producto
comunicacional en sí. En esta perspectiva surge una
comunidad nueva, con relatos e identidad, que suscribe la
conjura de “hombres de trabajo” o “comunidad
en torno al trabajo”, como si fuera un brasero donde
se reúne la familia, se conversa y se cuentan historias.
Como veremos más adelante, el trabajo como producto
comunicacional, al mismo tiempo que le otorga identidad
a la comunidad, ancla su mayanadi. Entendiendo como mayanadi,
a aquella memoria consciente de la relación de esta
comunidad con su universo, es decir, sus emociones, su relación
con la tierra, con el cielo, con otras comunidades y con
ellos mismos
.
De Ajos e Invariantes
¿Qué pensará?, me pregunto mientras
camino a unos metros tras él. Lo imagino, trabajando
en algún fundo con sesenta años menos, recogiendo
cáñamo y depositándolo en charcos de
agua, o parado en algún surco, regando sus propias
plantaciones a las cuatro de la madrugada. Una vida de trabajo
en la tierra, mirando pasar el sol y los temporales año
tras año, viviendo en nombre del Señor y la
Virgen. ¿Le gustaría conocer otros países?,
no ‘ñor, se le ocurre que yo voy a ir a otra
parte, yo no soy para viajar, teniendo tantas cosas que
hacer aquí. Recuerdo una vez cuando estábamos
en la playa, Don Jano a la segunda madrugada ya parecía
león enjaulado, él no soporta mucho tiempo
fuera de su terruño.
Trato de investigar su percepción acerca de mi presencia,
escudriñando en las expresiones de una mirada que
siempre desvía cuando se siente observado. Tengo
que arreglar esas barandas del callejón, el otro
día las pasé a llevar con el tractor, por
hacerle el quite al perro, el Tunco. Perro leso este, no
aprende nunca, la otra vez le pasó el tractor por
encima y anduvo aullando como dos semanas sangrando hasta
por las narices, yo pensé que se iba a morir, pero
parece que tiene siete vidas.
Yo limpio el establo Don Jano, bueno, yo voy a ver los ajos
que tengo al otro lado, voy a traer unas cañas de
maíz en el carretón como a media mañana
más o menos, hay que hecharlas picadas en los comederos.
Después de limpiar el establo, afilo el machete mientras
espero el carretón con las cañas. Recuerdo
que iba a aprovechar de estudiar Cálculo, pero así
como voy, se me va a pasar la mañana. Veo aproximarse
el carretón tirado por el Palomo, el caballo con
tantos años como mañas. Es mansito este caballo,
me comentaba Don Jano, una vez que se me ocurrió
montarlo, cuando aprendí que si uno no le tiraba
las riendas en serio, llegaba rápidamente al suelo,
porque él tenía la maldita costumbre de hacer
chocar la rodilla del jinete con postes o paredes que encontrara
en el camino. El punto débil del Palomo son los burros,
cuando siente ese relincho mitad silbido y mitad ronquido,
el Palomo pierde el control y es capaz de salir corriendo
para donde está vuelto. Cuentan que una vez salió
disparado con el arado puesto y cuando se detuvo a tomar
aire, había dejado un surco de dos kilómetros
de largo.
¿Cómo están los ajos, Don Jano?. Están
buenos, los voy a sacar como en dos semanas más si
Dios quiere. Recuerdo una vez que llegué en la tarde
y encontré a la Señora Cleria en la galería,
preparando muñecos para futuros regalos de navidad.
¡Hola Santito, cómo es que se acordó
de venir a ver a los viejos, ¿cómo le ha ido
en sus estudios?. Bien pues Señora Cleria. Tiene
que hacerle empeño, mire que la vida es dura y lo
único seguro es que hay que ponerle el hombro, haya
el gobierno que haya hay que trabajar igual. Ojalá
que cambiemos de gobierno si pues, mire que estos milicos
llevan mucho tiempo. Ay Santito, esos comunistas le lavaron
el cerebro, qué se va a acordar usté de cuando
había que hacer cola hasta para comprar una caja
de fósforos, la política es lo más
cochino que hay, todavía me acuerdo cuando venían
aquí esos de la Democracia Cristiana, ¡Señora
Cleria!, usted va a andar con abrigo de piel cuando ganemos
las elecciones. Y para qué me habría servido
un abrigo de piel a mi, una que anda detrás de las
vacas todo el día. Se me vienen a la mente las elecciones
de la Federación de Estudiantes en la Universidad
y las tenues brisas de democracia. Y qué me dice
de los desaparecidos. ¡Qué desaparecidos!,
si el otro día no más mostraron por la tele
a varios que daban por desaparecidos, y que andan vivitos
y coleando en el extranjero. ¿Adonde anda Don Jano?,
tiene que estar en el potrero de arriba, me pareció
escucharle que iba a plantar unos ajos. ¿Le ayudo
a plantar ajos Don Jano?, bueno, hay que poner dos por corrida.
Al cabo de media hora de caminar en ángulo recto
por el surco, mi cintura parecía que se me partía
en dos, así que cada tres pasos me estiraba apoyando
las manos en los riñones, como las mujeres cuando
están embarazadas.
¿Qué piensa hacer con esos ajos Don Jano?,
le pregunto mientras picamos las cañas en los comederos.
Los quiero vender, ojalá que tengan mejor precio
que el año pasado. ¿Los va a llevar a La Vega?,
yo no, estos los tengo a medias y el trato es que los lleve
el hombre ahí. ¿Y cómo salieron?, están
bonitos, es que la tierra estaba descansadita, aunque ya
no es como antes, igual hay que echar matamaleza, porque
sino el pasto le quita fuerza. ¿Y como era antes?.
Antes no se llenaba con tanta maleza la tierra y no atacaban
tantos hongos, ahora entre matamaleza y pesticidas suben
re mucho los gastos y si el precio está malo, sale
más barato pasar la rastra por encima sin sacar la
cosecha. Los precios varían de año en año
y si uno le pega el palo al gato sacando justo lo que está
caro, se va para arriba rapidito, una vez tuve dos años
seguidos buenos, ahí compre la micro, la camioneta
y el tractor, no se si acuerda usté. Ahora ya no
se gana tanto en la agricultura, también llegan productos
del norte en cualquier temporada.
La canción es la misma
La forma de hacer negocios en la agricultura cambió.
Las transformaciones sobrevinieron en forma paulatina pero
con gran persistencia. La vida en la Parcela prácticamente
es la misma, pero el mundo no. Aquí es posible, desde
el punto de vista de la Comunicología, responder
la siguientes preguntas: ¿en el contexto descrito,
qué significa cambio?, ¿de qué cambio
estamos hablando?.
Cambio es la esencia de la distinción. El acto de
hacer distinciones es el acto de detectar diferenciales.
Detectar el tamaño óptimo del ajo para la
cosecha, proviene de un proceso de detección de tamaños
en momentos diferentes. Si el crecimiento del ajo se detuvo
no significa que no hay distinción, existe la identificación
de un diferencial igual a cero. En este sentido, podríamos
decir que no es que la comunidad no evolucione; el dominio
de distinciones de la comunidad, no puede permanecer sin
variaciones. Aunque sí se puede establecer que el
orden de velocidad de movimiento de su mayanadi es inferior
al de las que requiere la coordinación de operaciones
con el mundo, con sus mercados. Hubo un rezago. Las coordinaciones
de operaciones que dieron espacio a la maximización
de las utilidades en el comercio de los productos agrícolas
en el pasado son diferentes a las de hoy día y ciertamente
serán diferentes a las de mañana. Las prácticas
que permitieron la sobrevivencia, ahora atentan contra ella
no porque sean negativas en sí, lo que atenta es
que esas prácticas sean invariantes en un espacio
en el que deben existir nuevas distinciones. Por ejemplo
hay nuevas lógicas, en la comercialización
de los productos agrícolas ahora participan las cadenas
de supermercados, que antes no existían en este paisaje.
El desfase entre los mayanadi de distintas comunidades es
tan antiguo como la vida misma, en eso no hay nada nuevo
bajo el sol. Siempre ha habido, a lo largo de la historia
de la humanidad el predominio de espacios de acción
de comunidades que, han sido exitosas por ejemplo, desde
el punto de vista económico y cultural. Aquellas
comunidades han desarrollado un importante liderazgo, imponiendo
las reglas del juego a todas las demás, quienes por
sobrevivencia o por el deslumbramiento frente al avance
económico, se han visto arrastradas en forma inevitable
hacia nuevos espacios de acción. La economía
de mercado en un mundo interrelacionado, es un fenómeno
que abrió espacios de acción y se ha extendido
por todo el mundo, dejándonos entre la duda del desarrollo
económico y la pérdida de identidad.
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