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Un Reencuentro
Autor: José S. Hormazábal T


Dioses y Madrugadas


El aire era tibio, a pesar de la hora no hacía frío, aunque no es de extrañarse mucho, porque casi nunca hace frío a esa hora. La madrugada estaba suspendida en un hilo y el silencio era sólo interrumpido por el sonido del agua que pasaba discretamente por un costado del establo. Las estrellas siempre ahí, ¿adónde están los planetas?, seguro que son esos que se ven amarillos, esos que contrastan con la blancura de aquellas estrellas, aunque parece que no todos esos que se ven amarillos son planetas, sería mejor ver un platillo volador...¡no saque esa porque no está dando!, ¡mejor saque la de la punta, allá!, ¿la primera?, si, la manea está colgada en el pilar.

Las maneas de fierro, esas que tienen dos placas metálicas en forma de canaleta, una fija en un extremo y la otra que, mediante una argolla, se desliza para fijar las patas traseras de la vaca. Imagino que fueron inventadas en la edad media, no creo que en ese tiempo las vacas hayan sido más mansas que las actuales, ésta por lo menos estaba bastante nerviosa, tenía las orejas vueltas hacia atrás en señal de alerta y al parecer no se acordaba para nada de mi, levantó su cabeza para olfatearme cuando me acerque a ella, y siguió registrando con su hocico dentro del comedero. Me había puesto una pesada chomba de lana de oveja que había usado antes, quizás la última vez que había estado ahí y seguramente por esa razón a ella no le extrañó tanto mi presencia, aunque de todas maneras el movimiento de sus orejas me indicaba que no estaba tan tranquila como yo hubiese deseado. Poner la manea es un acto muy sencillo cuando uno lleva algunos días en estos menesteres, pero como hacía tiempo que no estaba allí, aspiré profundo para concentrarme en recrear mis técnicas de ordeña, desarrolladas el cabo de tantos años de frecuentar la casa de mi amigo de la niñez. La manea debe hacer un movimiento pendular para poder tomarla por el lado de la pata que queda más alejada y fijarse rápidamente a las patas traseras, arriba de lo que se puede llamar rodilla, de otra manera una patada de la vaca lanza la manea de vuelta. Eso fue exactamente lo que ocurrió, me dio la impresión que estaba esperando ese momento para mostrarme que no estaba dispuesta a dejarse manejar por un citadino olor a pino silvestre que venía dándoselas de granjero. Me pareció escuchar el sonido de la risa bronquial característica de Don Jano, que llegó como un susurro a mis espaldas, haciéndome sentir el peso del tiempo transcurrido desde mi última visita. Puse mi mano sobre el lomo del animal, dándole unos palmazos por las costillas, tratando de simular una pesadez de mano que estaba lejos de parecerse a aquella que se alcanza después de varias ordeñas, limpias de establo, resistir los alambres de los fardos de pasto sin guantes y transportar baldes con leche distancias considerables, golpes que son como hacer cariño a una ballena; con manos endurecidas después de fríos inviernos; unas manos que tratan de parecer amistosas, cálidas, suaves y fuertes que buscando su complicidad, chocan con el escepticismo de un animal que en la operación propia de su carácter, se resiste a incorporar a un nuevo actor en el mundo de su cotidiano.

Sentado en un minúsculo banco de madera, siento la flaccidez de sus pezones. ¡Me escondió la leche Don Jano!, ¡Póngale al ternero!. Las vacas son unos animales que guardan leche a sus crías y ante situaciones en que se sienten amenazadas o por simple capricho, responden trasladando la leche de sus ubres a otros lugares hasta ahora desconocidos por mí. ¡Ese overo que está al frente!. Observo un proyecto de toro de ojos brillantes, con una soga tensada entre su cogote y la empalizada que separa el recinto con el potrero de al lado, mirando con impaciencia su comida, reflejando las largas horas de la noche y la urgencia de su estómago. Con dos vueltas de la soga en mi mano derecha, trato de mantener controlada la velocidad de sus pasos hacia su madre, quien al sentir sus torpes movimientos responde con un breve mugido, sumergiendo nuevamente la cabeza en el agujero del pasto en su comedero, dejando paso al sobresalto de los embates del hocico del ternero en sus ubres, que comenzaban a hincharse bajo el irresistible estímulo producido por la succión del impaciente retoño. Debí haber comenzado por ahí, pero busco explicaciones para mi torpeza en la forma en que el tiempo desdibuja los detalles, interponiendo una barrera de descoordinación e insensibilidad, ante un acto tan simple como subir la escala mecánica en la estación del Metro. Empiezo a sentir el sonido del chorro de leche al chocar con el fondo del balde, al mismo tiempo que distingo el ronroneo de la espuma del balde casi lleno de Don Jano, que ya estaba terminando de sacar la colorada. ¿Tanto me demoré?, trato de buscar una pregunta para hacerle y de esa manera desdibujar mi calidad de visitante, pero no se me ocurre ninguna y en el compás de mis manos al sacar leche, me dispongo a presenciar la retirada de la oscuridad, como esperando la luz plomiza del alba en un ventanal de mi imaginación. Empieza a hacer frío y los rayos del sol se esconden tras la neblina que empieza a cubrir el valle, imagino el hielo de las botas de goma al caminar a esa hora por esos terrenos del fondo, al otro lado de la corrida de álamos, donde la humedad de la mañana y los rayos de sol en la copa de los árboles hacen recordar la conexión del chakra rojo, en un reencuentro con la madre tierra. Empiezo a recordar la última vez que estuve en ese mismo trance en este establo y trato de hacer un recuento de las cosas que he vivido desde entonces. Fue tan repentina esa muerte, era una tarde como cualquier otra en la pensión de Barros Arana, el disparo resonó como un trueno y todos nos quedamos petrificados mientras Jaime se desplomaba, con una expresión de sorpresa que se fue desvaneciendo junto con nuestra serenidad. ¡Esa de al lado se saca en la tarde no más!, me dice Don Jano mientras pasa con un balde con leche de la última vaca de la mañana, en el momento que me encuentro desamarrando al ternero que no dejaba de sacudir la cola, embrujado por el aroma de su desayuno.

Jano, esos quesos que están abajo en el refrigerador, no los venda porque se los tengo guardados a la Teresita. Hum... masculla Don Jano, mientras tuesta unas lonjas de pan francés. En la radio suena la cortina musical de una cadena de radioemisoras que cubre casi todo el país. Una cortina musical que he escuchado desde que tengo memoria, lo único que ha cambiado a lo mejor son los locutores, porque las noticias son las mismas. El extraño caso de una madre adolescente que cortó con unas tijeras a la criatura que estaba pariendo en una zona rural de no se dónde, y salió libre por un vacío legal, porque no era aborto, ya que no interrumpió la gestación intrauterina, ni tampoco un homicidio, porque la guagua todavía no había nacido.

Esto es acabo de mundo, yo no se adonde vamos a parar, se escucha desde el fondo mientras preparo una sartenada de huevos revueltos, con unas gotas de limón, para que no queden tan pesados para el hígado. Pienso que el homicidio es un acto relativo, los cartagineses y algunos pueblos andinos sacrificaban niños a los dioses, ¿qué diferencia tiene morir así?, igual adiós al planeta, por lo menos hasta otra vida. ¡Son angelitos que se van al cielo! exclama la Señora Cleria, el cielo no existe, le respondo con un tono lúdico sabiendo como iba a reaccionar, esos son cuentos que trajeron los españoles para controlar el poder sobre estas tierras. Aún hoy en día se desconfía de las misiones en el campo, donde antiguamente, en base a la información que los sacerdotes recopilaban en el confesionario, los terratenientes ajusticiaban a aquellos inquilinos que, dejándose llevar por el temor y la ilusión de hablar con Dios, confesaban su indignas acciones en contra de los intereses del Patrón. Qué mejor que utilizar el poder de convocatoria del buen Señor, ¡arrepiéntete pecador!, retumbaba la voz en la improvisada capilla, mientras el dedo acusador del sacerdote apuntaba hacia la concurrencia. ¡El sufrimiento eterno caerá sobre los que se atrevan a contradecir las leyes de Dios!. El que no bajaba la mirada al suelo entre escalofríos de terror era un loco, o amigo del Cura. ¡M’ijo, Dios lo va a castigar por ateo!, de donde sacó usted esas ideas, viniendo de una familia tan católica. Pero Señora Cleria, si a lo mejor no existe Dios, yo creo que...¡Lo que pasa es que a usted le queda mucho por vivir todavía!, ya sentará cabeza y va a llegar el día en que lo vea rezando en la iglesia, que harta falta que le hace, tiene que agradecer al Señor, lo que él le ha dado. Dígale lo mismo a Don Jano, yo no he sabido que haya ido a misa, Si!, usté Jano hace tiempo que no va misa. No puedo pues, quién se va a quedar cuidando la parcela, replica Don Jano, al mismo tiempo que sale de la cocina ajustándose el gorro de lana sin levantar la mirada y con una sonrisa que apenas se adivina. Se dirige al establo a soltar las vacas, que se van a pastar hasta las tres o cuatro de la tarde.

La Conjura y el Universo

Un visitante es un extraño en la medida en que altera el flujo de coordinaciones entre los distintos participantes de un mundo. Utilizo aquí la expresión “mundo”, en el sentido que es algo que tiene historia, idioma propio, cosmologías que explican su origen y destino, creencias y emociones que cohesionan a los que las comparten, y una identificación muy clara de sus fronteras. El flujo de coordinaciones constituye el cotidiano, es decir, intercambios que en su recurrencia van tejiendo una base de distinciones compartidas, verdaderas conjuras o acuerdos desde los cuales se construye una cierta realidad. El mundo surge como un determinado mundo, para las personas que acuerdan un determinado significado para las distinciones que comparten. La religión es uno de los elementos de cohesión más importantes de la comunidad que se describe aquí. Al ser un elemento de cohesión, es también un generador de identidad para esta comunidad, en este sentido la religión constituye un cristal a través del cual se establecen un patrón de distinciones que configuran el mundo, o la forma en que ellos conciben el mundo externo. El hombre propone y Dios dispone. El dominio de acciones de esta comunidad queda determinado en gran parte por la fe que profesan, se concibe la existencia de un padre todopoderoso capaz de dar y quitar, de conceder y negar. Un Padre al que se le agradece y se le pide en cada misa. Aunque Don Jano no va casi nunca a misa, la divinidad está presente en la mayoría de sus actos, el resultado de sus cosechas, su salud, la seguridad de sus bienes, incluso sus mujeres. La divinidad, al definir el dominio de sus acciones, es parte de su mayanadi propio y el de la comunidad.

En este caso, se describe la presencia de un visitante que no comparte la cosmología que les da, en cierta forma, un tipo de legitimidad como seres humanos en este planeta. No existe la complicidad ni un espacio de coordinaciones recurrentes entre el visitante y esta comunidad, en el contexto de las creencias religiosas, que permita una visión de un universo compartido, éste no va a misa con ellos. El visitante y los miembros de esta comunidad hablan sobre un universo que, tal como las ilusiones ópticas, parece que fuera único, pero que son en realidad dos o más universos y muy distintos. Estos universos se superponen, no obstante en las coordinaciones del trabajo. Ahí sí existen retazos de un universo compartido, que surge a través de quehaceres, ofrendas y aceptaciones mutuas que tienen que ver con el trabajo como un producto comunicacional en sí. En esta perspectiva surge una comunidad nueva, con relatos e identidad, que suscribe la conjura de “hombres de trabajo” o “comunidad en torno al trabajo”, como si fuera un brasero donde se reúne la familia, se conversa y se cuentan historias. Como veremos más adelante, el trabajo como producto comunicacional, al mismo tiempo que le otorga identidad a la comunidad, ancla su mayanadi. Entendiendo como mayanadi, a aquella memoria consciente de la relación de esta comunidad con su universo, es decir, sus emociones, su relación con la tierra, con el cielo, con otras comunidades y con ellos mismos
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De Ajos e Invariantes 

¿Qué pensará?, me pregunto mientras camino a unos metros tras él. Lo imagino, trabajando en algún fundo con sesenta años menos, recogiendo cáñamo y depositándolo en charcos de agua, o parado en algún surco, regando sus propias plantaciones a las cuatro de la madrugada. Una vida de trabajo en la tierra, mirando pasar el sol y los temporales año tras año, viviendo en nombre del Señor y la Virgen. ¿Le gustaría conocer otros países?, no ‘ñor, se le ocurre que yo voy a ir a otra parte, yo no soy para viajar, teniendo tantas cosas que hacer aquí. Recuerdo una vez cuando estábamos en la playa, Don Jano a la segunda madrugada ya parecía león enjaulado, él no soporta mucho tiempo fuera de su terruño.

Trato de investigar su percepción acerca de mi presencia, escudriñando en las expresiones de una mirada que siempre desvía cuando se siente observado. Tengo que arreglar esas barandas del callejón, el otro día las pasé a llevar con el tractor, por hacerle el quite al perro, el Tunco. Perro leso este, no aprende nunca, la otra vez le pasó el tractor por encima y anduvo aullando como dos semanas sangrando hasta por las narices, yo pensé que se iba a morir, pero parece que tiene siete vidas.

Yo limpio el establo Don Jano, bueno, yo voy a ver los ajos que tengo al otro lado, voy a traer unas cañas de maíz en el carretón como a media mañana más o menos, hay que hecharlas picadas en los comederos. Después de limpiar el establo, afilo el machete mientras espero el carretón con las cañas. Recuerdo que iba a aprovechar de estudiar Cálculo, pero así como voy, se me va a pasar la mañana. Veo aproximarse el carretón tirado por el Palomo, el caballo con tantos años como mañas. Es mansito este caballo, me comentaba Don Jano, una vez que se me ocurrió montarlo, cuando aprendí que si uno no le tiraba las riendas en serio, llegaba rápidamente al suelo, porque él tenía la maldita costumbre de hacer chocar la rodilla del jinete con postes o paredes que encontrara en el camino. El punto débil del Palomo son los burros, cuando siente ese relincho mitad silbido y mitad ronquido, el Palomo pierde el control y es capaz de salir corriendo para donde está vuelto. Cuentan que una vez salió disparado con el arado puesto y cuando se detuvo a tomar aire, había dejado un surco de dos kilómetros de largo.

¿Cómo están los ajos, Don Jano?. Están buenos, los voy a sacar como en dos semanas más si Dios quiere. Recuerdo una vez que llegué en la tarde y encontré a la Señora Cleria en la galería, preparando muñecos para futuros regalos de navidad. ¡Hola Santito, cómo es que se acordó de venir a ver a los viejos, ¿cómo le ha ido en sus estudios?. Bien pues Señora Cleria. Tiene que hacerle empeño, mire que la vida es dura y lo único seguro es que hay que ponerle el hombro, haya el gobierno que haya hay que trabajar igual. Ojalá que cambiemos de gobierno si pues, mire que estos milicos llevan mucho tiempo. Ay Santito, esos comunistas le lavaron el cerebro, qué se va a acordar usté de cuando había que hacer cola hasta para comprar una caja de fósforos, la política es lo más cochino que hay, todavía me acuerdo cuando venían aquí esos de la Democracia Cristiana, ¡Señora Cleria!, usted va a andar con abrigo de piel cuando ganemos las elecciones. Y para qué me habría servido un abrigo de piel a mi, una que anda detrás de las vacas todo el día. Se me vienen a la mente las elecciones de la Federación de Estudiantes en la Universidad y las tenues brisas de democracia. Y qué me dice de los desaparecidos. ¡Qué desaparecidos!, si el otro día no más mostraron por la tele a varios que daban por desaparecidos, y que andan vivitos y coleando en el extranjero. ¿Adonde anda Don Jano?, tiene que estar en el potrero de arriba, me pareció escucharle que iba a plantar unos ajos. ¿Le ayudo a plantar ajos Don Jano?, bueno, hay que poner dos por corrida. Al cabo de media hora de caminar en ángulo recto por el surco, mi cintura parecía que se me partía en dos, así que cada tres pasos me estiraba apoyando las manos en los riñones, como las mujeres cuando están embarazadas.

¿Qué piensa hacer con esos ajos Don Jano?, le pregunto mientras picamos las cañas en los comederos. Los quiero vender, ojalá que tengan mejor precio que el año pasado. ¿Los va a llevar a La Vega?, yo no, estos los tengo a medias y el trato es que los lleve el hombre ahí. ¿Y cómo salieron?, están bonitos, es que la tierra estaba descansadita, aunque ya no es como antes, igual hay que echar matamaleza, porque sino el pasto le quita fuerza. ¿Y como era antes?. Antes no se llenaba con tanta maleza la tierra y no atacaban tantos hongos, ahora entre matamaleza y pesticidas suben re mucho los gastos y si el precio está malo, sale más barato pasar la rastra por encima sin sacar la cosecha. Los precios varían de año en año y si uno le pega el palo al gato sacando justo lo que está caro, se va para arriba rapidito, una vez tuve dos años seguidos buenos, ahí compre la micro, la camioneta y el tractor, no se si acuerda usté. Ahora ya no se gana tanto en la agricultura, también llegan productos del norte en cualquier temporada.

La canción es la misma

La forma de hacer negocios en la agricultura cambió. Las transformaciones sobrevinieron en forma paulatina pero con gran persistencia. La vida en la Parcela prácticamente es la misma, pero el mundo no. Aquí es posible, desde el punto de vista de la Comunicología, responder la siguientes preguntas: ¿en el contexto descrito, qué significa cambio?, ¿de qué cambio estamos hablando?.

Cambio es la esencia de la distinción. El acto de hacer distinciones es el acto de detectar diferenciales. Detectar el tamaño óptimo del ajo para la cosecha, proviene de un proceso de detección de tamaños en momentos diferentes. Si el crecimiento del ajo se detuvo no significa que no hay distinción, existe la identificación de un diferencial igual a cero. En este sentido, podríamos decir que no es que la comunidad no evolucione; el dominio de distinciones de la comunidad, no puede permanecer sin variaciones. Aunque sí se puede establecer que el orden de velocidad de movimiento de su mayanadi es inferior al de las que requiere la coordinación de operaciones con el mundo, con sus mercados. Hubo un rezago. Las coordinaciones de operaciones que dieron espacio a la maximización de las utilidades en el comercio de los productos agrícolas en el pasado son diferentes a las de hoy día y ciertamente serán diferentes a las de mañana. Las prácticas que permitieron la sobrevivencia, ahora atentan contra ella no porque sean negativas en sí, lo que atenta es que esas prácticas sean invariantes en un espacio en el que deben existir nuevas distinciones. Por ejemplo hay nuevas lógicas, en la comercialización de los productos agrícolas ahora participan las cadenas de supermercados, que antes no existían en este paisaje.

El desfase entre los mayanadi de distintas comunidades es tan antiguo como la vida misma, en eso no hay nada nuevo bajo el sol. Siempre ha habido, a lo largo de la historia de la humanidad el predominio de espacios de acción de comunidades que, han sido exitosas por ejemplo, desde el punto de vista económico y cultural. Aquellas comunidades han desarrollado un importante liderazgo, imponiendo las reglas del juego a todas las demás, quienes por sobrevivencia o por el deslumbramiento frente al avance económico, se han visto arrastradas en forma inevitable hacia nuevos espacios de acción. La economía de mercado en un mundo interrelacionado, es un fenómeno que abrió espacios de acción y se ha extendido por todo el mundo, dejándonos entre la duda del desarrollo económico y la pérdida de identidad.

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