Siempre y cuando incluyamos dentro del ámbito de
las comunicaciones el espectáculo y la fascinación
por los medios de difusión primero, y por la informática
después, el siglo XX bien podría ser recordado
como el siglo de la comunicación. Podría ser
llamado así también porque producto del acelerado
desarrollo del transporte, la telefonía, la publicidad,
los mass media, la computación o la red digital,
entre tantas otras aplicaciones derivadas; la comunicación
apareció como objeto de estudio en la era contemporánea
y no antes.
Desde
ese punto de vista, es una ciencia que al protagonizar un
breve, pero fructífero período de gestación,
ha dificultado su propia organización teórica.
Eso porque desde un comienzo, la mirada crítica de
investigadores, universidades y escuelas de pensamiento
se centró en la influencia y acción de los
medios sobre un público receptor; razón que
obligó a comprender la comunicación desde
la construcción de mensajes para un determinado fin.
Paradigmas
al respecto existieron muchos, sin embargo gran parte de
ellos parcializaron la comunicación debido a la gran
influencia que tuvieron los estudios sobre la transmisión.
La materia se orientó así, casi exclusivamente
a los resultados. Se dijo interpersonal, por comunicación
entre dos personas; intercultural, entre dos culturas; estratégica,
debido a sus efectos estratégicos; o comunicación
de masas, cuando se pensaba llegar a mucha gente, por ejemplo,
y se obvió que en realidad todas esas comunicaciones
están presentes en cualquier forma de comunicación.
No resulta
extraño entonces, que muchas de las corrientes que
primaron para explicar metodologías de intervención
en comunicaciones se abstrajeran del hecho que como fundamento
de la interacción social, la comunicación
es el mecanismo que ha hecho posible la existencia de lo
que llamamos sociedad. Es el principio básico de
la organización social, y como tal, es requisito
indispensable para las relaciones sociales. Por lo tanto,
la comunicación es un proceso social articulado en
torno al fenómeno de compartir, de poner en común,
de vincular y de por qué no, “descubrir al
otro”. Si la interacción es siempre comunicación
–y viceversa– con otro distinto a uno mismo,
es mediante este proceso que los sujetos sociales adquieren
capacidad reflexiva para verse a sí mismos y para
dar forma y sentido a la realidad social que los rodea.
Ello
nos recuerda que la comunicación es inherente a la
condición humana. Todos somos comunicadores y lo
practicamos permanentemente. El punto es que cuando los
sistemas van siendo más complejos y se contraponen
diferentes culturas y grupos humanos, se necesita un análisis
mucho más profundo que permita resolver situaciones
o abrir un espacio de posibilidades desde un enfoque de
la comunicación que la aborde en sí misma
y no desde sus efectos. La Comunicología surgió
en los países anglosajones para ocupar, precisamente,
ese vacío teórico y granjearse un espacio
propio como un ciencia interdisciplinaria que estudia la
comunicación en sus diferentes medios, técnicas
y sistemas. Un paradigma centrado en el acto mismo de comunicar,
que es el punto de unión de todas las formas de comunicación
definidas.
La Comunicología asumió la perspectiva integral
del proceso de comunicación y pese al predominio
de los estudios sobre medios, se interesó en la interacción
como dimensión básica de la construcción
de la vida en sociedad. Es decir, abordó esta comunión
como la relación entre sistemas de comunicación
–para diferenciarla de los sistemas de información
o medios de difusión– que sólo es viable
si hay una reciprocidad observable por parte de otros.
Su centro
y foco son las personas, obligando a plantear los procesos
comunicacionales a partir de cómo crear y organizar
comunidades humanas. Sobre ellas interviene para gestionar
la identidad y lograr cambios en las conductas, emociones
y representaciones; un vasto territorio donde confluyen
práctica, integración de sistemas y recursos
humanos.
Al poseer
una metodología definida que es a la vez intuitiva
y rigurosa, la Comunicología es estratégica,
característica que le permite al comunicólogo
conseguir resultados en las conductas, emociones y representaciones
que se desea que una comunidad específica comparta
para poder ejecutar determinadas actividades. En ese sentido,
es él quien genera la situación, el escenario
y los instrumentos que definen una estrategia de comunicación.
El énfasis se dirige a orientar y movilizar personas,
entrenar comunidades humanas, para lo cual, obviamente,
hay que construir mensajes, que brotan luego de analizar,
determinar y prever cómo se va a articular la comunidad
a intervenir. Por lo tanto, una muy buena capacidad de diagnóstico
es prioridad y requisito, pero también es importante
disponer de una eficiente estructura de seguimiento y monitoreo
para saber si se está comunicando o no lo que se
ha planificado.
La Comunicología
se aborda desde el principio del buen entendimiento entre
los individuos y se desenvuelve en todas las áreas
en que la información y el envío de mensajes
sea la materia primordial. Dentro de este rubro encontramos
el periodismo en todas sus variantes, la cultura, el arte,
la educación, las Relaciones Públicas y el
Desarrollo Organizacional.
A través
de las diferentes técnicas de la comunicación
(publicidad, marketing, relaciones mediales, imagen corporativa)
convocadas en una intervención, la Comunicología
determina cuáles son los mejores elementos con los
que se puede trabajar para lograr la orientación
de una comunidad hacia un objetivo o propósito determinado.
De tal manera que un comunicólogo evalúa,
visualiza y orienta la situación comunicacional permanentemente,
en coherencia, congruencia y consistencia con esos objetivos.
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