El Palacio
Mala
idea esta de venir con los zapatos nuevos, piensa la Sra.
Teresa mientras camina mirando hacia abajo, observando cómo
la hebilla se ha ido incrustando en su empeine. Sus pies
están hinchados, pero los zapatos se ven tan bonitos.
Son el último regalo que le hizo su hija, la Janette,
la más chica, la que vive en la misma José
María Caro, a dos cuadras de su casa yendo hacia
la Avenida Central.
- Tan
bonitos los zapatos, para qué se fue a molestar,
con lo que le cuesta ganar su platita, se dice a sí
misma-. Qué suerte la mía, continúa
pensando, tan buenos que son todos mis hijos, trabajadores,
casi todos profesionales, tan respetuosos.
Como
en un álbum de fotos, los hijos de la Sra. Teresa
desfilan por su mente: Carlitos, Fernando, la Pamela y la
Janette. Una emoción que ella conoce le inunda el
pecho, como si se llenara de aire y fuera a llorar. Un orgullo
tan grande.
Sus
hijos son lo que la hace más feliz. Lo que la hace
olvidar tantos años de sufrimiento, años de
esfuerzo y amarguras. Para qué volver a pensar en
eso. Las cosas se fueron arreglando, poquito a poco y ahora
anda contenta. Ahora está tranquila y puede disfrutar
más de la vida, ya no son tantas las apreturas. Puede
salir tranquila, como hoy, a hacer sus cosas al centro sin
tener que andar pensando en los problemas.
Es como
un paseo: cobrar la pensión, pagar la luz, vitrinear
un poco, aprovechar de pasar a Ripley a pagar la cuota y
ver si hay algún engañito para llevarle a
los nietos.
Ummm.
Pero los zapatos le aprietan. Ya es medio día y esa
resolana tan típica del otoño comienza a molestarle.
La Sra. Teresa cruza entonces la calle Morandé hacia
la vereda opuesta para caminar por la sombra que proyecta
el gran edificio. Para ella siempre ha sido grande, majestuoso,
imponente.
Cruza
la calle y siente el fresco de la sombra en su cuerpo. Aunque
no lo ve, siente la grandeza del Palacio. Le gusta caminar
por allí, es como estar cerca de los lugares por
donde han pasado cosas importantes, es como ser un poco
importante.
Mientras
camina, la Sra. Teresa fija su vista hacia el norte, pero
no sólo alcanza a ver lo que está al final
de la calle. Al mismo tiempo, logra ver a las personas que
pasan junto a ella con pasos mucho más rápidos
que los suyos. Logra ver los autos, distingue los taxis
y a los carabineros que abundan por allí. Logra identificar
a los automóviles oficiales con sus choferes siempre
impecables esperando a las autoridades que podrían
salir en cualquier momento desde el Palacio.
- Este
es otro mundo, piensa mientras camina lentamente. Entonces,
por el rabillo del ojo, la Sra. Teresa observa algo que
la hace detenerse por breves segundos. Es la puerta de Morandé.
Morandé 80.
Un estadillo
de recuerdos inunda su cabeza: el Presidente hablando ante
un millar de banderas, gritos, colores, su vecina la Carmen
que siempre ponía esas banderas en la casa y que
salía a marchar agitándolas con todas sus
fuerzas. La música de entonces, las tomas, la vez
que se reunieron con el Ministro... ¿cómo
se llamaba? No importa. Y Jorge Salcedo, “el guatón
Salcedo”, ¿qué habrá sido de
él en Suecia?
- Pero
ahora tienen cerrada la puerta, qué tontera más
grande, dice mientras sus pies hinchados retoman la lenta
marcha.
La calle
entonces vuelve a aparecer ante los ojos de la Sra. Teresa.
Al llegar a la esquina su visión se amplía
mucho más. Está ante la plaza de la Constitución,
los enormes mástiles con sus banderas, los pastos
impecables.
Continúa
el camino doblando por Moneda hacia el poniente donde vuelve
a encontrar el sol que le da en los ojos. Al entrecerrarlos,
por un segundo pierde la nitidez de su visión pero
sigue caminando. Cuando recupera el foco, se da cuenta que
frente suyo hay un enorme guardia de palacio que mira el
horizonte. La Sra. Teresa le llega al tercer botón
de su chaqueta.
- ¡Cómo
puede haber gente tan alta!, dice ella en voz alta y con
risa, sin conseguir ni la más leve de las reacciones
de parte del guardia.
En ese
momento, sus ojos ven algo que no esperaban. Una enorme
cantidad de gente entra y sale del Palacio. Oficinistas,
niños, viejos, estudiantes. Todos, como quien circula
por una calle cualquiera. Van y vienen sin problemas, sin
credenciales, sin ningún pero.
- ¡De
veras que ahora se puede pasar, que abrieron esta puerta!,
dice la Sra. Teresa empinándose levemente para encontrar
los ojos del guardia. Claro, si lo vi el otro día
en la tele. Qué buena cosa. Igual que antes, incluso
antes del 73, cuando yo era cabra. Pucha qué bueno.
Sin
esperar esta vez una reacción de su impávido
interlocutor, la Sra. Teresa emprende su recorrido: el Palacio
está abierto.
La Oficina
Alvaro
Méndez está sentado en su nuevo escritorio.
Desde las ocho de la mañana está sentado allí
y no se ha parado ni por un instante. Contesta llamadas
telefónicas, responde e-mails, escribe y revisa la
minuta en el computador. Las únicas dos breves interrupciones
han sido para beber un café y luego para tomar la
pastilla que ayer le recetó el médico para
evitar ese dolor de cabeza que lo deja hecho trizas.
Pero
hoy día ese dolor, que ya conoce, aún no ha
llegado a su cabeza. Está concentrado. Recorre mentalmente
su agenda y se focaliza por breves segundos en cada actividad:
reunión de gabinete, almuerzo con el ministro, reunión
con el departamento de estudios, planificación de
la jornada interna con su jefe de gabinete y, al final del
día a eso de las ocho, reunión de la secretaría
técnica del partido.
Su mirada
se limita a su escritorio: el computador y el teclado a
la derecha, el teléfono a la izquierda, los lápices
verde y negro al frente suyo, el taco y su libreta de apuntes
con tapa color sandía. Todo rodeado de papelitos
amarillos y azules pegados en la mesa, alrededor de la pantalla
del computador y sobresaliendo de su libreta.
La oficina
es su escritorio, su mundo perfecto, el escenario necesario
para realizar lo suyo, para negociar, para proyectar y gestionar
la política sectorial que le ha encargado el propio
Presidente.
Vuelve
a sonar el teléfono. Es su secretaria para anunciarle
que la reunión de gabinete se ha atrasado algunos
minutos, que ella le avisará cuando deba bajar y
cruzar por el patio de Los Naranjos para llegar al salón
del otro extremo de La Moneda donde se efectuará
el encuentro de ministros y subsecretarios.
Corta
el teléfono y retoma la minuta.
Desde
hace quince días, así es su vida laboral.
Intensa, concentrada,
- Es
comprensible, se dice a si mismo cada mañana cuando
pasa a recogerlo el chofer. Mal que mal no todos los días
a uno lo nombran subsecretario.
Aunque
siempre lo quiso, la decisión no fue fácil.
Hace ya varios años que soñaba con llegar
a estar en La Moneda, creía que tenía que
hacerlo, no sólo por un afán personal sino
porque sentía, que de verdad, podía aportar
en la construcción del país, en la superación
de la pobreza.
Tanto
había esperado esta oportunidad y ahora se sentía
extraño. Feliz, pero extraño. Su nombramiento
se había demorado y había provocado variadas
asperezas al interior del partido. Un par de personas habían
quedado dolidas y ya no era como antes.
Personalmente,
la decisión de aceptar el cargo también había
tenido sus costos. Debió renunciar, por ejemplo,
a la beca de estudio que había conseguido para irse
a Lovaina. Un proyecto preparado con tiempo y perseverancia
que debió postergarse. ¿Cómo habría
sido su vida en Bélgica?, Era un pensamiento que
solía rondar su cabeza y que él rápidamente
despejaba porque lo alejaba de su concentración.
Pero
ese no era el único pensamiento recurrente que distraía
a Méndez. Estaba lo otro. La Pancha y los niños.
Hacía una semana que llegaba cuando todos estaban
durmiendo, cuando en la casa reinaba un silencio exagerado
que llegaba a molestarle. ¿Sería siempre así?
¿Seis años así?
Estas
divagaciones perseguían y desordenaban las ideas
del subsecretario. Por eso, cada vez que inundaban su cabeza
trataba de despejarlas inmediatamente. No podía,
al menos en estos primeros días de trabajo, darse
el lujo de distraerse de tal manera.
Necesitaba
concentración.
Toma
el lápiz con tinta verde y comienza a subrayar aquellos
aspectos claves de la minuta que iba a presentar en la reunión.
Entonces vuelve a sonar el teléfono. Debe estar en
10 minutos en el salón de reuniones.
Detiene
sus actividades, ordena los lápices e introduce la
minuta en la carpeta. Siente que la corbata le aprieta un
poco la garganta y la afloja levemente. Es linda su corbata
italiana, elegida con todo cuidado por su mujer para las
reuniones importantes.
Se levanta
de su silla. Por primera vez en la mañana tiene una
visión más amplia de la oficina ubicada en
el sector norte de La Moneda. Siente que es enorme, está
recién pintada y con las paredes sin cuadros se ve
aún más grande. Las cajas con carpetas aún
no se han ordenado en el cardex, están repartidas
a lo largo y ancho del piso.
- Esto
está realmente caótico, pensó. ¡Qué
desorden! Cuando vuelva destinaré 10 minutos para
clasificar y dejarle las instrucciones a la secretaria.
Ojalá alcance.
Alvaro
Méndez camina culebreando entre las cajas tiradas
en el piso. Entonces, también por primera vez en
mucho tiempo, mira sus zapatos negros. Lucen bien, son elegantes
sin ser excesivos. Es el estilo que le gusta.
Llega
hasta la puerta, sale al pasillo, luego hasta una segunda
puerta y allí aparecen las gruesas escaleras de piedra
que conducen al patio de Los Naranjos.
Pero
la cabeza del subsecretario no está en las escaleras,
ni en las puertas y tampoco en las cajas desordenadas de
su oficina. Está en la minuta sintetizada en su mente
y con la frase de inicio exacta para cautivar la atención
de los presentes. Méndez ya no mira los zapatos,
más bien sigue mentalmente, punto por punto, el orden
de su minuta y piensa en el énfasis que dará
a las frases y en los personeros que estarán sentados
a su lado. ¿Quién le quedará al frente?
Al salir
al exterior, Méndez se da cuenta que es una mañana
asoleada y el brillo le molesta un poco en los ojos, pero
no lo suficiente como para dejar de pensar en lo suyo. No
siente ni frío ni calor. Está feliz, pero
extraño.
- ¡Qué
fantástico y qué raro es tener oficina en
La Moneda!, piensa mientras baja los peldaños anchos
de pesada piedra.
La
Pileta y el Murmullo
Junto
a lo que le parece una muchedumbre, la Sra. Teresa entra
al Palacio. Se siente como parte de una gran delegación
de visitantes a los que, sin embargo, no conoce. Sus zapatos
nuevos caminan solos, se dirigen junto a decenas de pares
en un mismo sentido.
- ¡Qué
maravilla, estoy en el Palacio! Cuando se lo cuente a la
Janette, no me lo va a creer. ¿Y esos cañones,
siempre estuvieron allí? Para mí que los cambiaron
de lugar. Y las flores, todo tan bien cuidadito.
Ella
camina con los brazos casi abiertos, se siente liviana.
En medio de la gente, se le aparece un carabinero al que
busca los ojos. Éste la queda mirando, le sonríe
y realiza un delicado giro con la cabeza a manera de saludo.
Ella lo responde con otra sonrisa.
La Sra.
Teresa comienza a recorrer con toda calma el primer patio.
Es el patio de Los Cañones escucha decir.
- Cuántos
años que no entraba al Palacio. Parece que ahora
se ve más grande o será que hace mucho tiempo
que no estaba aquí, se pregunta. Y esos balconcitos
de allá en las oficinas, podrían ponerle flores
para que se vieran todavía más bonitos. Y
esas escaleras, qué enormes escaleras.
Por
ellas baja Alvaro Méndez. Carpeta en mano. Concentrado.
No escucha más que su voz, su ensayo de exposición
que próximamente hará en la reunión.
A esa voz, la suya, comienza a sumarse un murmullo que viene
de lejos. No distingue voces ni palabras. Es un ruido plano.
Un fondo para su voz.
La Sra.
Teresa sigue avanzando hacia el segundo patio. Todo es digno
de mirarse: las cámaras de los periodistas agrupados
en una esquina a la espera de una autoridad, los niños
que gritan, los carabineros que cada cierto tramo aparecen
siempre tan correctos, los faroles, los arcos que separan
los patios. De pronto, los distingue, son los famosos naranjos.
Son más chicos que los de antes. Ella los recordaba
enormes, cargados de frutos. Estos son pequeños,
bonitos, pero pequeños.
Alvaro Méndez está llegando al final de la
escalera. No piensa en los pasos que da. Su mirada no tiene
objetivo. Las figuras a su alrededor son perfiles incompletos,
son sombras que se cruzan. El murmullo, eso sí, está
creciendo. Pero aún no logra interferir sus pensamientos.
Sin
darse cuenta, casi, la Sra. Teresa llega hasta una fuente
de agua. Se acerca y humedece sus manos grandes y cansadas.
La yema de sus dedos distingue la aspereza del granito,
en el borde de la pileta. Junto a ella, un grupo de alborotadas
adolescentes está tirando monedas para que se cumplan
sus deseos.
- ¡Tanto
boche que arman! Pero es bonito verlas, tanta energía.
¿Y si yo tirara una moneda y pidiera un deseo?
Méndez
siente que se ha demorado mucho en bajar esa escalera. Tiene
que llegar a la reunión, deben quedarle apenas unos
cinco minutos. Va a llegar tarde. Estarán sentados
y cuando él abra la enorme puerta del salón,
todos se darán vuelta a mirarlo.
La Sra.
Teresa busca el monedero. Con la mano izquierda se despeja
de las bolsas de plástico que lleva en la mano derecha
y abre su enorme cartera tejida.
Una
extraña inquietud recorre el cuerpo del subsecretario.
Se siente nervioso, comienza a escuchar el latido de su
corazón y las manos, sobre todo la derecha donde
lleva la carpeta comienza a sudarle.
La Sra.
Teresa encuentra la moneda.
Los
latidos del corazón de Méndez aumentan sin
remedio.
Ella
cierra los ojos y pide un deseo.
Él
acelera sus pasos.
Ella
se empina sobre sus zapatos nuevos con hebilla y lanza la
moneda.
Él
camina aún más rápido sobre sus zapatos
negros, siempre elegantes sin ser excesivos.
La Observadora
Aparentemente,
un mismo escenario. Ilusoriamente, un mismo tiempo. 28 minutos
pasaron en la vida de ambos personajes. 28 largos y tensos
minutos para Méndez. Para la Sra. Teresa no hubo
percepción del tiempo.
La
Visión
Ella
emprendió su aventura desde una visión abierta,
con un objetivo amplio y difuso. Su horizonte era impreciso
y se fue “adornando” con las distinciones que
fue realizando en el camino. Su actitud fue la del explorador
que sale en busca de lo desconocido, para reencontrar desde
lo que conoce a partir de su dominio particular. Desde esta
forma de estar o de caminar, los estímulos que ella
experimentó fueron verdaderas sorpresas dentro de
su configuración del mundo. La Sra. Teresa se dejó
sorprender con un Palacio de La Moneda abierto para ella.
Tras la reacción, ubicó el hallazgo dentro
de su propio orden mental: ella sabía que el edificio
estaba abierto al público, tenía una expectativa
respecto del hecho y portaba una historia que la vinculaba
a él.
Esta
mirada ancha y extendida, permitió que la Sra Teresa
estableciera un cierto tipo de coordinación de acciones
en las que no fue necesaria una visión común.
Bastó con su disposición a la escucha, su
apertura sensorial y su capacidad de vislumbrar las nuevas
posibilidades de acción que se le presentaron en
esta experiencia.
Alvaro
Méndez emprendió este episodio de su vida
desde un ángulo de visión focalizado, agudo,
en el que no tenían espacio los “adornos”.
Sus distinciones eran precisas y acotadas. Los contornos
de su percepción estaban claramente definidos y todo
lo demás constituía el fondo para su experiencia.
Su actitud fue la del cirujano que, frente al cuerpo del
paciente, sólo ve el órgano que debe intervenir.
Su objetivo era específico y todas las acciones que
emprendía estaban en esa dirección. Si bien
en el recorrido de su camino se encontró con variados
estímulos, éstos fueron percibidos como murmullos
lejanos que no lograron distorsionar su acción focalizada
ni alterar la planificación previamente establecida.
La poca
capacidad de escucha que mantuvo el subsecretario, sin embargo,
le impidió percibir su propia conversación
y su particular fluir interno, lo que generó un tipo
de coordinación de acciones poco satisfactoria, de
acuerdo a su objetivo.
La Emoción
La mirada
abierta con que la Sra. Teresa realizó su recorrido
supone un estado atento a la experiencia. Supone una emoción
especial que permite ese estado. Distinguimos desde lo que
conocemos, pero también desde la emoción que
nos embarga.
En el
relato analizado, ella se declara tranquila, sin preocupaciones,
de paseo. Ese estado emocional supone un cierto tipo de
actividad cerebral y un cierto tipo de configuraciones neuronales
que se expresan en una actitud corporal. La Sra. Teresa
camina con los brazos abiertos. Su vista, su tacto y su
oído están evidentemente sensibles a los estímulos.
La emoción
de Alvaro Méndez es distinta. Él se declara
feliz pero extraño. Su estado emocional es confuso,
complejo. Esto se expresa en un cuerpo que ha reducido su
capacidad sensorial, que se ha protegido frente a los estímulos
externos que podrían llegar a ser amenazantes o disrruptivos.
Desde
sus respectivas emociones, los personajes recorren caminos
que constituyen experiencias muy distintas. El mundo que
se configura para cada cual aparece teñido con el
color de sus emociones, lo que tiende a reforzar esos estados.
Distinciones y Configuraciones Previas
Si bien
el mundo del “Palacio” que se aparece ante los
ojos de la Sra. Teresa es definido por ella como “otro
mundo”, se trata de una realidad distinguida a partir
de configuraciones previas. La Moneda es “su palacio”
que proyecta una enorme sombra, que es majestuoso e imponente.
Esta
experiencia de lo que es el Palacio está determinada
por su historia. Es decir, por la manera en que su estructura
biológica fue percibiendo a lo largo de su vida y
por su pertenencia sociocultural. Desde la población
José María Caro, el Palacio de La Moneda se
ve enorme, en él se mueven las personas que tienen
poder.
Para
ella el poder es algo lejano, inabordable, que se vive a
través de otros o a través de la televisión.
Esa visión del poder no está exenta de matices,
en ella puede distinguir distintos momentos históricos,
banderas, personas que ella ha conocido y que han estado
conectadas de una u otra manera con el poder.
Desde
esas configuraciones previas, ella distingue hoy el Palacio,
su Palacio.
Para
Alvaro Méndez, desde su experiencia de profesional
vinculado a la política, la Moneda es su “Oficina”.
El lugar donde espera desarrollar su proyecto personal y
colectivo, que lo vincula con la comunidad de relaciones
a la que pertenece.
Para
él es un espacio laboral, aunque también distingue
que se trata de una oficina claramente vinculada al poder.
A partir de su experiencia, sin embargo, el poder es algo
diferente, está mucho más cerca, está
cruzando el Patio de Los Naranjos.
Méndez
tiene un fino espacio de distinciones para el poder. Lo
asocia a un cierto orden, a una manera de vestir, de actuar
y de vincularse con otros. Él distingue con claridad
lo que es adecuado, conoce el sutil desenvolvimiento que
tienen las personas que comparten las comunidades que detentan
el poder.
Los Flujos
En los
28 minutos que, desde el punto de vista de la observadora,
dura esta situación comunicacional se configura un
rico universo de posibilidades para cada uno de los personajes.
Desde
la señora de origen poblacional, amante de su familia,
esforzada y trabajadora que es la Sra. Teresa fluyó
una exploradora atenta, una visitante sensible y una mujer
con sueños que tira una moneda a la fuente de los
deseos. A partir de este universo de posibilidades de ser
y hacer, ella coordinó acciones y generó nuevas
posibilidades futuras de estar en el mundo.
Desde
el profesional y el político, racional y lleno de
contradicciones que es Alvaro Méndez fluyó
un ser humano arrebatado por su emocionalidad que no logra
caminar como quisiera. A partir de este universo, también
se generan nuevas posibilidades de acción en el fluir
de las coordinaciones de acciones.
¿Cuál
fue el mundo que se configuró para el subsecretario
durante la reunión de gabinete? ¿Qué
distinciones realizó la Sra. Teresa después
de haber lanzado la moneda? Todo ello es parte del fluir
y digno de ser analizado como otra situación comunicacional.
Ver
más artículos >>