CRONOLOGIA

 
MAGO 

 ARTICULOS DE  MAURICIO TOLOSA

 ARTICULOS SOBRE  COMUNICACIÓN

 LIBROS

 
SITIOS
 
RECOMENDADOS


 
CONTACTATE



El Palacio de Teresa y la oficina de Méndez
Autora: Sandra Rojas


El Palacio

Mala idea esta de venir con los zapatos nuevos, piensa la Sra. Teresa mientras camina mirando hacia abajo, observando cómo la hebilla se ha ido incrustando en su empeine. Sus pies están hinchados, pero los zapatos se ven tan bonitos. Son el último regalo que le hizo su hija, la Janette, la más chica, la que vive en la misma José María Caro, a dos cuadras de su casa yendo hacia la Avenida Central.

- Tan bonitos los zapatos, para qué se fue a molestar, con lo que le cuesta ganar su platita, se dice a sí misma-. Qué suerte la mía, continúa pensando, tan buenos que son todos mis hijos, trabajadores, casi todos profesionales, tan respetuosos.

Como en un álbum de fotos, los hijos de la Sra. Teresa desfilan por su mente: Carlitos, Fernando, la Pamela y la Janette. Una emoción que ella conoce le inunda el pecho, como si se llenara de aire y fuera a llorar. Un orgullo tan grande.

Sus hijos son lo que la hace más feliz. Lo que la hace olvidar tantos años de sufrimiento, años de esfuerzo y amarguras. Para qué volver a pensar en eso. Las cosas se fueron arreglando, poquito a poco y ahora anda contenta. Ahora está tranquila y puede disfrutar más de la vida, ya no son tantas las apreturas. Puede salir tranquila, como hoy, a hacer sus cosas al centro sin tener que andar pensando en los problemas.

Es como un paseo: cobrar la pensión, pagar la luz, vitrinear un poco, aprovechar de pasar a Ripley a pagar la cuota y ver si hay algún engañito para llevarle a los nietos.

Ummm. Pero los zapatos le aprietan. Ya es medio día y esa resolana tan típica del otoño comienza a molestarle. La Sra. Teresa cruza entonces la calle Morandé hacia la vereda opuesta para caminar por la sombra que proyecta el gran edificio. Para ella siempre ha sido grande, majestuoso, imponente.

Cruza la calle y siente el fresco de la sombra en su cuerpo. Aunque no lo ve, siente la grandeza del Palacio. Le gusta caminar por allí, es como estar cerca de los lugares por donde han pasado cosas importantes, es como ser un poco importante.

Mientras camina, la Sra. Teresa fija su vista hacia el norte, pero no sólo alcanza a ver lo que está al final de la calle. Al mismo tiempo, logra ver a las personas que pasan junto a ella con pasos mucho más rápidos que los suyos. Logra ver los autos, distingue los taxis y a los carabineros que abundan por allí. Logra identificar a los automóviles oficiales con sus choferes siempre impecables esperando a las autoridades que podrían salir en cualquier momento desde el Palacio.

- Este es otro mundo, piensa mientras camina lentamente. Entonces, por el rabillo del ojo, la Sra. Teresa observa algo que la hace detenerse por breves segundos. Es la puerta de Morandé. Morandé 80.

Un estadillo de recuerdos inunda su cabeza: el Presidente hablando ante un millar de banderas, gritos, colores, su vecina la Carmen que siempre ponía esas banderas en la casa y que salía a marchar agitándolas con todas sus fuerzas. La música de entonces, las tomas, la vez que se reunieron con el Ministro... ¿cómo se llamaba? No importa. Y Jorge Salcedo, “el guatón Salcedo”, ¿qué habrá sido de él en Suecia?

- Pero ahora tienen cerrada la puerta, qué tontera más grande, dice mientras sus pies hinchados retoman la lenta marcha.

La calle entonces vuelve a aparecer ante los ojos de la Sra. Teresa. Al llegar a la esquina su visión se amplía mucho más. Está ante la plaza de la Constitución, los enormes mástiles con sus banderas, los pastos impecables.

Continúa el camino doblando por Moneda hacia el poniente donde vuelve a encontrar el sol que le da en los ojos. Al entrecerrarlos, por un segundo pierde la nitidez de su visión pero sigue caminando. Cuando recupera el foco, se da cuenta que frente suyo hay un enorme guardia de palacio que mira el horizonte. La Sra. Teresa le llega al tercer botón de su chaqueta.

- ¡Cómo puede haber gente tan alta!, dice ella en voz alta y con risa, sin conseguir ni la más leve de las reacciones de parte del guardia.

En ese momento, sus ojos ven algo que no esperaban. Una enorme cantidad de gente entra y sale del Palacio. Oficinistas, niños, viejos, estudiantes. Todos, como quien circula por una calle cualquiera. Van y vienen sin problemas, sin credenciales, sin ningún pero.

- ¡De veras que ahora se puede pasar, que abrieron esta puerta!, dice la Sra. Teresa empinándose levemente para encontrar los ojos del guardia. Claro, si lo vi el otro día en la tele. Qué buena cosa. Igual que antes, incluso antes del 73, cuando yo era cabra. Pucha qué bueno.

Sin esperar esta vez una reacción de su impávido interlocutor, la Sra. Teresa emprende su recorrido: el Palacio está abierto.

La Oficina

Alvaro Méndez está sentado en su nuevo escritorio. Desde las ocho de la mañana está sentado allí y no se ha parado ni por un instante. Contesta llamadas telefónicas, responde e-mails, escribe y revisa la minuta en el computador. Las únicas dos breves interrupciones han sido para beber un café y luego para tomar la pastilla que ayer le recetó el médico para evitar ese dolor de cabeza que lo deja hecho trizas.

Pero hoy día ese dolor, que ya conoce, aún no ha llegado a su cabeza. Está concentrado. Recorre mentalmente su agenda y se focaliza por breves segundos en cada actividad: reunión de gabinete, almuerzo con el ministro, reunión con el departamento de estudios, planificación de la jornada interna con su jefe de gabinete y, al final del día a eso de las ocho, reunión de la secretaría técnica del partido.

Su mirada se limita a su escritorio: el computador y el teclado a la derecha, el teléfono a la izquierda, los lápices verde y negro al frente suyo, el taco y su libreta de apuntes con tapa color sandía. Todo rodeado de papelitos amarillos y azules pegados en la mesa, alrededor de la pantalla del computador y sobresaliendo de su libreta.

La oficina es su escritorio, su mundo perfecto, el escenario necesario para realizar lo suyo, para negociar, para proyectar y gestionar la política sectorial que le ha encargado el propio Presidente.

Vuelve a sonar el teléfono. Es su secretaria para anunciarle que la reunión de gabinete se ha atrasado algunos minutos, que ella le avisará cuando deba bajar y cruzar por el patio de Los Naranjos para llegar al salón del otro extremo de La Moneda donde se efectuará el encuentro de ministros y subsecretarios.

Corta el teléfono y retoma la minuta.

Desde hace quince días, así es su vida laboral. Intensa, concentrada,

- Es comprensible, se dice a si mismo cada mañana cuando pasa a recogerlo el chofer. Mal que mal no todos los días a uno lo nombran subsecretario.

Aunque siempre lo quiso, la decisión no fue fácil. Hace ya varios años que soñaba con llegar a estar en La Moneda, creía que tenía que hacerlo, no sólo por un afán personal sino porque sentía, que de verdad, podía aportar en la construcción del país, en la superación de la pobreza.

Tanto había esperado esta oportunidad y ahora se sentía extraño. Feliz, pero extraño. Su nombramiento se había demorado y había provocado variadas asperezas al interior del partido. Un par de personas habían quedado dolidas y ya no era como antes.

Personalmente, la decisión de aceptar el cargo también había tenido sus costos. Debió renunciar, por ejemplo, a la beca de estudio que había conseguido para irse a Lovaina. Un proyecto preparado con tiempo y perseverancia que debió postergarse. ¿Cómo habría sido su vida en Bélgica?, Era un pensamiento que solía rondar su cabeza y que él rápidamente despejaba porque lo alejaba de su concentración.

Pero ese no era el único pensamiento recurrente que distraía a Méndez. Estaba lo otro. La Pancha y los niños. Hacía una semana que llegaba cuando todos estaban durmiendo, cuando en la casa reinaba un silencio exagerado que llegaba a molestarle. ¿Sería siempre así? ¿Seis años así?

Estas divagaciones perseguían y desordenaban las ideas del subsecretario. Por eso, cada vez que inundaban su cabeza trataba de despejarlas inmediatamente. No podía, al menos en estos primeros días de trabajo, darse el lujo de distraerse de tal manera.

Necesitaba concentración.

Toma el lápiz con tinta verde y comienza a subrayar aquellos aspectos claves de la minuta que iba a presentar en la reunión. Entonces vuelve a sonar el teléfono. Debe estar en 10 minutos en el salón de reuniones.

Detiene sus actividades, ordena los lápices e introduce la minuta en la carpeta. Siente que la corbata le aprieta un poco la garganta y la afloja levemente. Es linda su corbata italiana, elegida con todo cuidado por su mujer para las reuniones importantes.

Se levanta de su silla. Por primera vez en la mañana tiene una visión más amplia de la oficina ubicada en el sector norte de La Moneda. Siente que es enorme, está recién pintada y con las paredes sin cuadros se ve aún más grande. Las cajas con carpetas aún no se han ordenado en el cardex, están repartidas a lo largo y ancho del piso.

- Esto está realmente caótico, pensó. ¡Qué desorden! Cuando vuelva destinaré 10 minutos para clasificar y dejarle las instrucciones a la secretaria. Ojalá alcance.

Alvaro Méndez camina culebreando entre las cajas tiradas en el piso. Entonces, también por primera vez en mucho tiempo, mira sus zapatos negros. Lucen bien, son elegantes sin ser excesivos. Es el estilo que le gusta.

Llega hasta la puerta, sale al pasillo, luego hasta una segunda puerta y allí aparecen las gruesas escaleras de piedra que conducen al patio de Los Naranjos.

Pero la cabeza del subsecretario no está en las escaleras, ni en las puertas y tampoco en las cajas desordenadas de su oficina. Está en la minuta sintetizada en su mente y con la frase de inicio exacta para cautivar la atención de los presentes. Méndez ya no mira los zapatos, más bien sigue mentalmente, punto por punto, el orden de su minuta y piensa en el énfasis que dará a las frases y en los personeros que estarán sentados a su lado. ¿Quién le quedará al frente?

Al salir al exterior, Méndez se da cuenta que es una mañana asoleada y el brillo le molesta un poco en los ojos, pero no lo suficiente como para dejar de pensar en lo suyo. No siente ni frío ni calor. Está feliz, pero extraño.

- ¡Qué fantástico y qué raro es tener oficina en La Moneda!, piensa mientras baja los peldaños anchos de pesada piedra.

La Pileta y el Murmullo

Junto a lo que le parece una muchedumbre, la Sra. Teresa entra al Palacio. Se siente como parte de una gran delegación de visitantes a los que, sin embargo, no conoce. Sus zapatos nuevos caminan solos, se dirigen junto a decenas de pares en un mismo sentido.

- ¡Qué maravilla, estoy en el Palacio! Cuando se lo cuente a la Janette, no me lo va a creer. ¿Y esos cañones, siempre estuvieron allí? Para mí que los cambiaron de lugar. Y las flores, todo tan bien cuidadito.

Ella camina con los brazos casi abiertos, se siente liviana. En medio de la gente, se le aparece un carabinero al que busca los ojos. Éste la queda mirando, le sonríe y realiza un delicado giro con la cabeza a manera de saludo. Ella lo responde con otra sonrisa.

La Sra. Teresa comienza a recorrer con toda calma el primer patio. Es el patio de Los Cañones escucha decir.

- Cuántos años que no entraba al Palacio. Parece que ahora se ve más grande o será que hace mucho tiempo que no estaba aquí, se pregunta. Y esos balconcitos de allá en las oficinas, podrían ponerle flores para que se vieran todavía más bonitos. Y esas escaleras, qué enormes escaleras.

Por ellas baja Alvaro Méndez. Carpeta en mano. Concentrado. No escucha más que su voz, su ensayo de exposición que próximamente hará en la reunión. A esa voz, la suya, comienza a sumarse un murmullo que viene de lejos. No distingue voces ni palabras. Es un ruido plano. Un fondo para su voz.

La Sra. Teresa sigue avanzando hacia el segundo patio. Todo es digno de mirarse: las cámaras de los periodistas agrupados en una esquina a la espera de una autoridad, los niños que gritan, los carabineros que cada cierto tramo aparecen siempre tan correctos, los faroles, los arcos que separan los patios. De pronto, los distingue, son los famosos naranjos. Son más chicos que los de antes. Ella los recordaba enormes, cargados de frutos. Estos son pequeños, bonitos, pero pequeños.

Alvaro Méndez está llegando al final de la escalera. No piensa en los pasos que da. Su mirada no tiene objetivo. Las figuras a su alrededor son perfiles incompletos, son sombras que se cruzan. El murmullo, eso sí, está creciendo. Pero aún no logra interferir sus pensamientos.

Sin darse cuenta, casi, la Sra. Teresa llega hasta una fuente de agua. Se acerca y humedece sus manos grandes y cansadas. La yema de sus dedos distingue la aspereza del granito, en el borde de la pileta. Junto a ella, un grupo de alborotadas adolescentes está tirando monedas para que se cumplan sus deseos.

- ¡Tanto boche que arman! Pero es bonito verlas, tanta energía. ¿Y si yo tirara una moneda y pidiera un deseo?

Méndez siente que se ha demorado mucho en bajar esa escalera. Tiene que llegar a la reunión, deben quedarle apenas unos cinco minutos. Va a llegar tarde. Estarán sentados y cuando él abra la enorme puerta del salón, todos se darán vuelta a mirarlo.

La Sra. Teresa busca el monedero. Con la mano izquierda se despeja de las bolsas de plástico que lleva en la mano derecha y abre su enorme cartera tejida.

Una extraña inquietud recorre el cuerpo del subsecretario. Se siente nervioso, comienza a escuchar el latido de su corazón y las manos, sobre todo la derecha donde lleva la carpeta comienza a sudarle.

La Sra. Teresa encuentra la moneda.

Los latidos del corazón de Méndez aumentan sin remedio.

Ella cierra los ojos y pide un deseo.

Él acelera sus pasos.

Ella se empina sobre sus zapatos nuevos con hebilla y lanza la moneda.

Él camina aún más rápido sobre sus zapatos negros, siempre elegantes sin ser excesivos.

La Observadora

Aparentemente, un mismo escenario. Ilusoriamente, un mismo tiempo. 28 minutos pasaron en la vida de ambos personajes. 28 largos y tensos minutos para Méndez. Para la Sra. Teresa no hubo percepción del tiempo.

La Visión

Ella emprendió su aventura desde una visión abierta, con un objetivo amplio y difuso. Su horizonte era impreciso y se fue “adornando” con las distinciones que fue realizando en el camino. Su actitud fue la del explorador que sale en busca de lo desconocido, para reencontrar desde lo que conoce a partir de su dominio particular. Desde esta forma de estar o de caminar, los estímulos que ella experimentó fueron verdaderas sorpresas dentro de su configuración del mundo. La Sra. Teresa se dejó sorprender con un Palacio de La Moneda abierto para ella. Tras la reacción, ubicó el hallazgo dentro de su propio orden mental: ella sabía que el edificio estaba abierto al público, tenía una expectativa respecto del hecho y portaba una historia que la vinculaba a él.

Esta mirada ancha y extendida, permitió que la Sra Teresa estableciera un cierto tipo de coordinación de acciones en las que no fue necesaria una visión común. Bastó con su disposición a la escucha, su apertura sensorial y su capacidad de vislumbrar las nuevas posibilidades de acción que se le presentaron en esta experiencia.

Alvaro Méndez emprendió este episodio de su vida desde un ángulo de visión focalizado, agudo, en el que no tenían espacio los “adornos”. Sus distinciones eran precisas y acotadas. Los contornos de su percepción estaban claramente definidos y todo lo demás constituía el fondo para su experiencia. Su actitud fue la del cirujano que, frente al cuerpo del paciente, sólo ve el órgano que debe intervenir. Su objetivo era específico y todas las acciones que emprendía estaban en esa dirección. Si bien en el recorrido de su camino se encontró con variados estímulos, éstos fueron percibidos como murmullos lejanos que no lograron distorsionar su acción focalizada ni alterar la planificación previamente establecida.

La poca capacidad de escucha que mantuvo el subsecretario, sin embargo, le impidió percibir su propia conversación y su particular fluir interno, lo que generó un tipo de coordinación de acciones poco satisfactoria, de acuerdo a su objetivo.

La Emoción

La mirada abierta con que la Sra. Teresa realizó su recorrido supone un estado atento a la experiencia. Supone una emoción especial que permite ese estado. Distinguimos desde lo que conocemos, pero también desde la emoción que nos embarga.

En el relato analizado, ella se declara tranquila, sin preocupaciones, de paseo. Ese estado emocional supone un cierto tipo de actividad cerebral y un cierto tipo de configuraciones neuronales que se expresan en una actitud corporal. La Sra. Teresa camina con los brazos abiertos. Su vista, su tacto y su oído están evidentemente sensibles a los estímulos.

La emoción de Alvaro Méndez es distinta. Él se declara feliz pero extraño. Su estado emocional es confuso, complejo. Esto se expresa en un cuerpo que ha reducido su capacidad sensorial, que se ha protegido frente a los estímulos externos que podrían llegar a ser amenazantes o disrruptivos.

Desde sus respectivas emociones, los personajes recorren caminos que constituyen experiencias muy distintas. El mundo que se configura para cada cual aparece teñido con el color de sus emociones, lo que tiende a reforzar esos estados.

Distinciones y Configuraciones Previas

Si bien el mundo del “Palacio” que se aparece ante los ojos de la Sra. Teresa es definido por ella como “otro mundo”, se trata de una realidad distinguida a partir de configuraciones previas. La Moneda es “su palacio” que proyecta una enorme sombra, que es majestuoso e imponente.

Esta experiencia de lo que es el Palacio está determinada por su historia. Es decir, por la manera en que su estructura biológica fue percibiendo a lo largo de su vida y por su pertenencia sociocultural. Desde la población José María Caro, el Palacio de La Moneda se ve enorme, en él se mueven las personas que tienen poder.

Para ella el poder es algo lejano, inabordable, que se vive a través de otros o a través de la televisión. Esa visión del poder no está exenta de matices, en ella puede distinguir distintos momentos históricos, banderas, personas que ella ha conocido y que han estado conectadas de una u otra manera con el poder.

Desde esas configuraciones previas, ella distingue hoy el Palacio, su Palacio.

Para Alvaro Méndez, desde su experiencia de profesional vinculado a la política, la Moneda es su “Oficina”. El lugar donde espera desarrollar su proyecto personal y colectivo, que lo vincula con la comunidad de relaciones a la que pertenece.

Para él es un espacio laboral, aunque también distingue que se trata de una oficina claramente vinculada al poder. A partir de su experiencia, sin embargo, el poder es algo diferente, está mucho más cerca, está cruzando el Patio de Los Naranjos.

Méndez tiene un fino espacio de distinciones para el poder. Lo asocia a un cierto orden, a una manera de vestir, de actuar y de vincularse con otros. Él distingue con claridad lo que es adecuado, conoce el sutil desenvolvimiento que tienen las personas que comparten las comunidades que detentan el poder.

Los Flujos

En los 28 minutos que, desde el punto de vista de la observadora, dura esta situación comunicacional se configura un rico universo de posibilidades para cada uno de los personajes.

Desde la señora de origen poblacional, amante de su familia, esforzada y trabajadora que es la Sra. Teresa fluyó una exploradora atenta, una visitante sensible y una mujer con sueños que tira una moneda a la fuente de los deseos. A partir de este universo de posibilidades de ser y hacer, ella coordinó acciones y generó nuevas posibilidades futuras de estar en el mundo.

Desde el profesional y el político, racional y lleno de contradicciones que es Alvaro Méndez fluyó un ser humano arrebatado por su emocionalidad que no logra caminar como quisiera. A partir de este universo, también se generan nuevas posibilidades de acción en el fluir de las coordinaciones de acciones.

¿Cuál fue el mundo que se configuró para el subsecretario durante la reunión de gabinete? ¿Qué distinciones realizó la Sra. Teresa después de haber lanzado la moneda? Todo ello es parte del fluir y digno de ser analizado como otra situación comunicacional.

Ver más artículos >>

__________________________________________________

DESTACADOS
_______________
 
Libro
Mauricio Tolosa
_______________
Crea la Comunidad
_______________
Ver más autores
_______________
Más artículos
Mauricio Tolosa
_______________
Comunicología y Gestión Estratégica

Gestión de Identidad
Jose Hormazabal T

_______________
Artículos
Mónica Herrera
_______________
Artículos
José Mario Vilches
_______________
Aprender en la Sociedad del Conocimiento

Amores Perros Mauricio Tolosa

_______________
Artículos
Jesús Galindo
_______________

El Mago

_______________