Septiembre
11. Mientras caían las Torres del World Trade Center,
el mundo paró. Tiendas y almacenes, oficinas públicas
y colegios, empresas y universidades todos detuvieron su
ritmo para mirar una y otra vez las imágenes. No
voló un solo avión sobre el cielo de Estados
Unidos. De perfil y de frente, aparecían nuevas tomas
para mostrar lo inconcebible. Desapareció la publicidad
y cualquier otra noticia, MTV canceló sus transmisiones,
se suspendieron las transacciones en las bolsas de comercio.
La
avalancha de discursos posterior a septiembre 11,
no tiene comparación con ningún otro acontecimiento
medial de la historia de la humanidad. Programas especiales
en todo tipo de canales segmentados de televisión,
desde Discovery Channel hasta MGM con Noticias de Hollywood.
Suplementos en diarios y revistas, enciclopedias en fascículos
coleccionables, libros de investigación, reportajes
y biográficos. Artículos de opinión
y editoriales, ensayos de los más famosos intelectuales
de nuestro tiempo. Secuencias de cartas de petición
y presión en Internet que a menudo se transformaban
en acaloradas discusiones, decenas de chistes (como Estados
Unidos no está para bromas algunos fueron desmentidos
como rumores en CNN), múltiples cartas de Premios
Nóbeles.
Búsqueda
de culpables, de explicación, de respuesta, de sentido.
Los tiempos complejos de la comprensión son diferentes
de los de la noticia. Curiosamente la respuesta se gesta
en el terreno caliente de las imágenes. En la emoción
del vivo y en directo. En la ignorancia de lo sucedido.
Los jefes de estados no tienen mucha más información
que los ciudadanos. Algunos menos. Mientras un ciudadano
se puede pasar horas frente al televisor, suponemos que
un mandatario no podrá destinar el mismo tiempo a
la caja informativa. El Rey de Jordania, que el 11 se encontraba
en vuelo a Nueva York, declararía en una entrevista
a Larry King, que él y su comitiva habían
tenido que devolverse debido al atentado, pero que sólo
se habían dado cuenta de la magnitud de lo sucedido
cuando, llegando a Londres, habían visto las imágenes
en CNN. La imagen como explicación. Ver para creer,
se transforma en ver para saber.
Sobre
esas imágenes resonaron las palabras del Presidente
de Estados Unidos “fue un ataque de los Hacedores
de Satán”, “El Bien prevalecerá”,
se proclamó la necesidad de una “Cruzada”
y la operación de retaliation (la Ley del Talión)
pasó a llamarse “Justicia Infinita”.
Lenguaje fundamentalista cristiano para responder al “extremismo
islámico”. Se instalaba la Guerra Santa como
escenario y el choque de civilizaciones como telón.
Pero
pareciera que nunca antes hubo tanta conciencia de la importancia
del poder de las palabras como definidoras
de realidades. Mientras Bush hablaba de “guerra”,
Chirac, el presidente de Francia, insistía en “conflicto”.
Los países islámicos, aliados indispensable
para combatir el terrorismo, cuestionaron que la Justicia
Infinita sólo estaba en manos de Allah, y la operación
pasó a llamarse “Libertad Duradera”.
Se eliminó del léxico la palabra cruzada y
lo que connotara guerra religiosa o pudiera parecer ofensivo
al Islam.
Una
semana después del atentado, el presidente Bush,
que nunca había superado la sombra de desconfianza
por una victoria conseguida, en un recuento de votos que
muchos consideraban fraudulento, era ovacionado en la Sesión
Conjunta del Congreso. Su discurso se hacía cargo
de las sutilezas del lenguaje. Separar al Islam de los terroristas,
incluso valorarlo porque “sus enseñanzas son
buenas y pacificas”. El eje pasó a ser la defensa
de la Libertad. “El avance de la libertad es el gran
logro de nuestro tiempo, y ahora depende de nosotros”
decía en su discurso.
Emociones
calientes. En los noticieros, con imágenes
de la tragedia, de los sobrevivientes, del rescate, del
dolor, del heroísmo, como fondo, canciones sensibles
en la noticia- clip que se puso de moda. Cámaras
subjetivas, musicalizaciones, textos poéticos, puestas
en escena, selección de personajes, las imágenes
recordaban más las películas de Hollywood
que el lenguaje noticioso de antaño. Así como
en algún momento Oliver Stone, con JFK, rompió
las barreras del cine ficción y el documento histórico,
septiembre 11, consolidó una tendencia de la noticia
como entretención, como captadora de rating, y por
lo tanto presta a utilizar todos los argumentos del lenguaje
audiovisual de las salas cinematográficas. No importaba
saber que un avión repleto de pasajeros había
entrado en cada una de las Torres, para luego desplomarlas.
Importaba encontrar la mejor toma, la más hermosa,
la de mejor calidad, la más seductora.
Emociones
calientes. Conmoción, congoja, horror. Solidaridad.
Homenajes a las víctimas con carros de bomberos recorriendo
las calles de Cali, velas encendidas frente a las embajadas
de Estados Unidos en Moscú y México, el himno
de Estados Unidos sonando en París, Londres y Berlín.
Teletón de las estrellas para recaudar fondos para
las víctimas en cadena mundial. Tom Cruise, Julia
Roberts, Robert De Niro, Clint Eastwood, con sus mejores
parlamentos de la pantalla grande convenciendo y cruzando
una vez más la frontera de la realidad. Esa realidad,
que tanto sorprendía a mi sobrino de 6 años
que mientras el 11 miraba la transmisión en directo,
exclamaba sorprendido a su abuela“¡Esto es verdad,
Nona. Es verdad!”
La verdad,
la realidad, como lo visto. Las imágenes, que veía
mi sobrino eran las mismas que veía el Rey de Jordania
y el Presidente de Argentina. En ese clima emocional surgen
las decisiones de mandatarios intentando sintonizar con
las emociones de la audiencia televisiva de cual forman
parte. Adhesiones incondicionales. ¿A qué?
¿A la lucha contra el terrorismo? Pensé que
desde hace tiempo que todos los gobiernos estaban en lucha
contra el terrorismo. Hubo atentados en el Metro de París
y el de Tokio, dos mandatarios indios asesinados, las calles
de España y Colombia son noticia frecuente de destrucción
y pánico.
En la
emoción caliente del momento, casi el 100% de los
estadounidenses quería guerra. Con el paso de los
días el porcentaje va declinando, y lo mismo pasa
en todo el mundo. Lamentablemente no necesariamente por
el análisis que construye escenarios y permite comprender
mejor, sino por otras imágenes, ahora la de la población
civil de Afganistán, bombardeada, los millones de
refugiados, los niños hambrientos. Agenda mundial
guiada por las emociones, de un discurso noticioso que abandonó
sus formas para competir con las grandes películas.
Las noticias buscan las imágenes de la pantalla grande.
Las decisiones se toman en la estrechez de la pantalla chica,
sintonizando con la emoción del people meter.
©Mauricio
Tolosa.
La
Gironda. Septiembre 2001
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