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Antiguamente, el Rey escuchaba a sus consejeros.
Ahora mira CNN
Autor: Mauricio Tolosa

Septiembre 11. Mientras caían las Torres del World Trade Center, el mundo paró. Tiendas y almacenes, oficinas públicas y colegios, empresas y universidades todos detuvieron su ritmo para mirar una y otra vez las imágenes. No voló un solo avión sobre el cielo de Estados Unidos. De perfil y de frente, aparecían nuevas tomas para mostrar lo inconcebible. Desapareció la publicidad y cualquier otra noticia, MTV canceló sus transmisiones, se suspendieron las transacciones en las bolsas de comercio.

La avalancha de discursos posterior a septiembre 11, no tiene comparación con ningún otro acontecimiento medial de la historia de la humanidad. Programas especiales en todo tipo de canales segmentados de televisión, desde Discovery Channel hasta MGM con Noticias de Hollywood. Suplementos en diarios y revistas, enciclopedias en fascículos coleccionables, libros de investigación, reportajes y biográficos. Artículos de opinión y editoriales, ensayos de los más famosos intelectuales de nuestro tiempo. Secuencias de cartas de petición y presión en Internet que a menudo se transformaban en acaloradas discusiones, decenas de chistes (como Estados Unidos no está para bromas algunos fueron desmentidos como rumores en CNN), múltiples cartas de Premios Nóbeles.

Búsqueda de culpables, de explicación, de respuesta, de sentido. Los tiempos complejos de la comprensión son diferentes de los de la noticia. Curiosamente la respuesta se gesta en el terreno caliente de las imágenes. En la emoción del vivo y en directo. En la ignorancia de lo sucedido. Los jefes de estados no tienen mucha más información que los ciudadanos. Algunos menos. Mientras un ciudadano se puede pasar horas frente al televisor, suponemos que un mandatario no podrá destinar el mismo tiempo a la caja informativa. El Rey de Jordania, que el 11 se encontraba en vuelo a Nueva York, declararía en una entrevista a Larry King, que él y su comitiva habían tenido que devolverse debido al atentado, pero que sólo se habían dado cuenta de la magnitud de lo sucedido cuando, llegando a Londres, habían visto las imágenes en CNN. La imagen como explicación. Ver para creer, se transforma en ver para saber.

Sobre esas imágenes resonaron las palabras del Presidente de Estados Unidos “fue un ataque de los Hacedores de Satán”, “El Bien prevalecerá”, se proclamó la necesidad de una “Cruzada” y la operación de retaliation (la Ley del Talión) pasó a llamarse “Justicia Infinita”. Lenguaje fundamentalista cristiano para responder al “extremismo islámico”. Se instalaba la Guerra Santa como escenario y el choque de civilizaciones como telón.

Pero pareciera que nunca antes hubo tanta conciencia de la importancia del poder de las palabras como definidoras de realidades. Mientras Bush hablaba de “guerra”, Chirac, el presidente de Francia, insistía en “conflicto”. Los países islámicos, aliados indispensable para combatir el terrorismo, cuestionaron que la Justicia Infinita sólo estaba en manos de Allah, y la operación pasó a llamarse “Libertad Duradera”. Se eliminó del léxico la palabra cruzada y lo que connotara guerra religiosa o pudiera parecer ofensivo al Islam.

Una semana después del atentado, el presidente Bush, que nunca había superado la sombra de desconfianza por una victoria conseguida, en un recuento de votos que muchos consideraban fraudulento, era ovacionado en la Sesión Conjunta del Congreso. Su discurso se hacía cargo de las sutilezas del lenguaje. Separar al Islam de los terroristas, incluso valorarlo porque “sus enseñanzas son buenas y pacificas”. El eje pasó a ser la defensa de la Libertad. “El avance de la libertad es el gran logro de nuestro tiempo, y ahora depende de nosotros” decía en su discurso.

Emociones calientes. En los noticieros, con imágenes de la tragedia, de los sobrevivientes, del rescate, del dolor, del heroísmo, como fondo, canciones sensibles en la noticia- clip que se puso de moda. Cámaras subjetivas, musicalizaciones, textos poéticos, puestas en escena, selección de personajes, las imágenes recordaban más las películas de Hollywood que el lenguaje noticioso de antaño. Así como en algún momento Oliver Stone, con JFK, rompió las barreras del cine ficción y el documento histórico, septiembre 11, consolidó una tendencia de la noticia como entretención, como captadora de rating, y por lo tanto presta a utilizar todos los argumentos del lenguaje audiovisual de las salas cinematográficas. No importaba saber que un avión repleto de pasajeros había entrado en cada una de las Torres, para luego desplomarlas. Importaba encontrar la mejor toma, la más hermosa, la de mejor calidad, la más seductora.

Emociones calientes. Conmoción, congoja, horror. Solidaridad. Homenajes a las víctimas con carros de bomberos recorriendo las calles de Cali, velas encendidas frente a las embajadas de Estados Unidos en Moscú y México, el himno de Estados Unidos sonando en París, Londres y Berlín. Teletón de las estrellas para recaudar fondos para las víctimas en cadena mundial. Tom Cruise, Julia Roberts, Robert De Niro, Clint Eastwood, con sus mejores parlamentos de la pantalla grande convenciendo y cruzando una vez más la frontera de la realidad. Esa realidad, que tanto sorprendía a mi sobrino de 6 años que mientras el 11 miraba la transmisión en directo, exclamaba sorprendido a su abuela“¡Esto es verdad, Nona. Es verdad!”

La verdad, la realidad, como lo visto. Las imágenes, que veía mi sobrino eran las mismas que veía el Rey de Jordania y el Presidente de Argentina. En ese clima emocional surgen las decisiones de mandatarios intentando sintonizar con las emociones de la audiencia televisiva de cual forman parte. Adhesiones incondicionales. ¿A qué? ¿A la lucha contra el terrorismo? Pensé que desde hace tiempo que todos los gobiernos estaban en lucha contra el terrorismo. Hubo atentados en el Metro de París y el de Tokio, dos mandatarios indios asesinados, las calles de España y Colombia son noticia frecuente de destrucción y pánico.

En la emoción caliente del momento, casi el 100% de los estadounidenses quería guerra. Con el paso de los días el porcentaje va declinando, y lo mismo pasa en todo el mundo. Lamentablemente no necesariamente por el análisis que construye escenarios y permite comprender mejor, sino por otras imágenes, ahora la de la población civil de Afganistán, bombardeada, los millones de refugiados, los niños hambrientos. Agenda mundial guiada por las emociones, de un discurso noticioso que abandonó sus formas para competir con las grandes películas. Las noticias buscan las imágenes de la pantalla grande. Las decisiones se toman en la estrechez de la pantalla chica, sintonizando con la emoción del people meter.

©Mauricio Tolosa.
La Gironda. Septiembre 2001

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