Milan
Kundera en un viejo ensayo "Los desafíos de
la literatura Tcheca " se pregunta si puede una pequeña
Nación crear una cultura propia.
Kundera recuerda en ese trabajo que el renacimiento de la
cultura Tcheca tuvo lugar en el momento en que Goethe propuso
su célebre concepto de literatura mundial. "Una
gran nación -dice, y traduzco del francés-
resiste difícilmente a la tentación de considerar
su propia forma de vivir como un valor supremo... Por el
contrario, una pequeña nación no puede permitirse
tales ambiciones. Ella no sueña ver al planeta transformado
a su propia imagen, sino más bien de encontrarse
en un mundo de tolerancia y de diversidad donde pueda vivir
igual que las otras".
"El concepto goethiano de literatura mundial -continúa-
corresponde justamente a ese espacio de tolerancia y de
diversidad, donde la obra de arte no es sostenida por algún
prestigio nacional, sino solamente por su propio valor y
donde las culturas de las pequeñas naciones pueden
conservar su derecho a la especificidad, a la diferencia
y a la originalidad".
El mensaje quiere y debe ser optimista sin obviar por ello
los riesgos que corren las culturas de los pequeños
países, no ante la influencia de grandes literaturas
de hegemonía mundial, como ocurría en la época
en que Goethe proponía su concepto de literatura
mundial como el ámbito de coexistencia de literaturas
nacionales diferentes, sino ante los procesos de estandardización,
robotización y transnacionalización de las
economías y formas de vida y existencia.
Esto impone inaplazablemente un doble reto: reafirmar lo
esencial de cada cultura para fundar sobre ella lo que podríamos
llamar su ser histórico, su ontología como
Nación y como pueblo en la cual reconocer la propia
identidad; y, acto continuo, trascenderla al abrirse con
ella al desafío de un horizonte más ancho.
No hacer cualquiera de las dos cosas señaladas nos
llevaría, en un caso, a la abstracción y al
vacío, transformándonos, en la mejor de las
situaciones, en un pueblo de imitadores; y en el otro, al
enclaustramiento y auto colonización.
Los términos identidad y crisis nos plantean dos
momentos fundamentales del mundo contemporáneo. La
identidad está siempre referida a la cultura si entendemos
por tal el conjunto de reflexiones y acciones, de creaciones
y tradiciones, de formas y posibilidades, de realidades
y perspectivas de una comunidad humana determinada.
La crisis es la ruptura de los referentes habituales de
una sociedad y de una época, de las ideas, pero sobre
todo de las creencias y de los valores que constituyen la
finalidad última hacia la cual la persona y la colectividad
aspiran. De las crisis surgen las posibilidades, las oportunidades,
que pueden ser buenas o malas, dependiendo de la actitud
que se adopte y del camino que se escoja.
La cultura es eso que el hombre ha creado y al crearlo se
ha creado a sí mismo. La cultura es más que
erudición o refinamiento pues es lo sustantivo que
el ser humano tiene, su propia naturaleza. Sin cultura,
el ser humano deja de ser lo que es pues se desnaturaliza,
que equivale a decir, se deshumaniza. "La vida sin
cultura es barbarie. La cultura sin vida es bizantinismo",
nos advertía José Ortega y Gasset, allá
por los años veinte del siglo pasado, en su formidable
ensayo "El Tema de Nuestro Tiempo".
"La cultura es la morada del hombre -dice el peruano
Leopoldo Chiappo-. "Es la red en la que habita suspendido
sobre el abismo... sin cultura y sin aprendizaje de la cultura
el hombre sucumbe"... pero, digo yo sin renovación
ni creación cultural, también sucumbe.
"La parábola es clara: se es constructor de
la cultura o se es presa". Esa red, la tela de araña
de la que habla Chiappo explicando la parábola de
Thiequin, "tiene una doble función, protectora
y también predatoria. Y la araña en cada atardecer
destruye su tela para volverla nuevamente a rehacer en las
últimas horas de la noche, cerca de la nueva alborada.
Así también el hombre destruye y construye
su cultura en ciertas noches profundas, tensas de historia".
Sólo hay tres caminos:
• o se construye cultura,
• o se destruye,
• o se es prisionero de redes antiguas por incapacidad
de producir nuevos hilos conductores de esa natural emanación
del ser humano que llamamos cultura. La naturaleza del hombre
es la cultura.
La palabra clave es crear, y yo diría más
bien re-crear, pues nadie crea sobre la nada, ni construye
sobre el vacío. La creación cultural es a
la vez preservación y transformación. Como
decía Hegel Aupheben, que quiere decir transformar
para conservar. El único modo de conservar es transformando.
La única forma de mantener vivo el pasado cultural
es transformándolo, es creando lo nuevo a partir
de las formas culturales antiguas.
Ese es el reto para nuestra cultura, y para toda cultura:
crear, transformar, continuar; "hacer camino al andar"
como quería Antonio Machado, estando conscientes
que no se puede ir hacia atrás, pero también
estar concientes de que hay un punto de partida hoy y de
que si hay un horizonte mañana, es porque ayer otros
hicieron la ruta hasta aquí. No olvidemos que todo
punto de llegada es también, necesariamente, un punto
de partida.
La crisis contemporánea puede identificarse a partir
de la acción recíproca que ejercen dos circunstancias
determinantes: la pluralidad de culturas, por una parte
y la configuración de un poder único mundial,
por la otra.
La multiculturalidad, entendida como existencia de culturas
plurales, no siempre se expresa como interculturalidad,
es decir, como interacción de las culturas que además
de comunicarse se influyen entre si. Por el contrario, en
algunos casos, el fenómeno contemporáneo se
manifiesta en la tendencia a la formación de micro
sociedades cerradas, volcadas hacia dentro y que ven en
la otra cultura, en la diferencia, un elemento real o potencialmente
agresor.
"El infierno es el otro", decía el filósofo
francés Jean Paul Sartre, para caracterizar en una
frase muy ilustrativa la actitud de descalificar y de satanizar
la diversidad y la tendencia al hermetismo e impermeabilidad
de ciertas culturas, cuyo comportamiento contrasta frontalmente
con los procesos de globalización que dominan el
mundo contemporáneo.
Ahora bien, si asumimos que toda civilización es
un sistema de culturas integradas, que tiene su propio núcleo
de principios, objetivos, fines y valores y que tiene su
propio imaginario y su particular visión del mundo
y de la vida, bien pronto se percibe hasta que punto el
problema se radicaliza y se vuelve más complejo.
Los acontecimientos mundiales que se han derivado de los
ataques de 11 de septiembre del 2001, las invasiones a Afganistán
y a Irak, han consolidado esta estructura del poder mundial
y dejado atrás el debate sobre la prioridad del Estado
o del Mercado, unificando a ambos en este núcleo
único del poder formado por múltiples afluentes:
políticos, militares, financieros, económicos,
estratégicos.
El mundo vive una situación en la que se ha roto
el orden mundial surgido al fin de la Segunda Guerra y que
dio origen a las Organización de las Naciones Unidas.
La ruptura del contrato social de la posguerra, es uno de
los dramas de nuestro tiempo.
Es imprescindible pues la búsqueda de un Nuevo Contrato
Social para mantener la paz, para la cual la cultura, la
interculturalidad entendida como dialogo y reconocimiento
reciproco de las culturas es una condición necesaria.
Fuente: www.planetagora.org
Ver
más artículos >>