“Enfrentados por tierras”, “Reyerta en Bayano”
Autor: Mauricio Tolosa
 


Son los titulares de las primeras planas de los periódicos panameños, para describir el “incidente” ocurrido ayer en la Comarca kuna de Mandungandi. En las fotos se ven los indígenas con las manos tras la nuca custodiados por los miembros de la policía de frontera. En las imágenes de la televisión los heridos por perdigones, se habla de heridos entre los policías, de que los indígenas portaban armas. Pareciera un enfrentamiento entre fuerzas iguales. No es lo que yo vi.

Como en tiempos de Cortés y Moctezuma, uno puede preguntarse cómo tan poquitos policías pudieron controlar a tantos indígenas. Y como en los tiempos de Cortés, las respuestas siguen siendo las mismas: las promesas faltadas, las negociaciones sin propósito, la superioridad tecnológica y militar, la no consideración del “otro” como un ser humano digno de respeto.

Iba camino al Darién, y por segundo día consecutivo tuvo que detenerme al llegar al puente Bayano. El tránsito estaba cortado, al igual que el día anterior me bajé, para caminar hacia el pueblo y aprovechar de hacer algunas fotografías, sospechando que el corte sería nuevamente para largo. Al llegar a Bayano pareciera que uno está en otro país, los kuna no son como los habitantes de la ciudad, parecieran vietnamitas o camboyanos, pequeños, menudos, ojos rasgados, hablan una lengua asombrosa. La sensación de ser extranjero, único entre todos, es inmediata para un occidental. En ciudad de Panamá uno nunca la tiene. Claramente es otro territorio, otro pueblo, otra cultura.

El camino, la Panamericana, que se reanuda desde después del tapón de Darién hacia el Norte del continente, estaba cortado en el puente Bayano. La comunidad reclamaba el pago prometido en una negociación con el General Omar Torrijos, como indemnización por inundar sus tierras para construir la represa hace 31 años. Según los voceros, el acuerdo había sido un pago anual de por vida, pero este sólo se realizó durante los tres primeros años. Además solicitaban que Panamá ratificara el artículo 169 de la OIT, y el cese de las invasiones de terrenos por los campesinos mestizos.

Demandas habituales. Gente sentada en el medio del camino detrás de unas ramas y unos improvisados carteles escritos en papel. Varias camisetas del Barcelona entre los más jóvenes participantes de la manifestación. Calor. Una gran fila para tomar jugo de fruta, en vez de las tradicionales sopas populares de otros lugares. Ese ánimo de día libre que se hace presente cuando la ciudadanía se toma la calle o un edificio, pensando quizás que ese buen ánimo es un antídoto contra cualquier suceso lamentable.

Entre medio dos jóvenes un poco más vociferantes, con mallas cubriendo el rostro, algunos portando una rama deshojada. La mayoría sentados a la orilla del camino. El sáhila y el cacique con camisa de color vivo, sombrero y corbata, descalzos, sentados bajo un techo, esperando. Solicitan que venga el presidente Martín Torrijos, hijo del general con quién llegaron al acuerdo hace tres décadas. Otra autoridad del pueblo, también de sombrero y corbata negocia, con un traductor de por medio, con un jefe de policía que casi le dobla en tamaño y ciertamente sí en peso.

A la entrada del puente, dos o tres camionetas de la policía, con antimotines en descanso, algunos recostados en el piso, otros bromeando. Alrededor el lago tranquilo, un espejo, rodeado de verdes colinas. Al otro lado del puente hay acuerdo para que salga un transporte hacia el Darién, unos pasajeros molestos caminan para tomarlo y seguir su camino, a pesar del bloqueo.

De pronto los antimotines de los vehículos del puente se levantan en pie de guerra y comienzan a disparar lacrimógenas. A un costado, un grupo de indígenas forcejea con los policías que cubren la estación de policía con sus escudos transparentes. Entre ellos, veo un policía que saca una carabina y comienza a hacer disparos. Por la carretera avanza otro piquete de antimotines con sus escudos, desde un costado un policía dispara una escopeta; no al aire, exactamente hacia donde yo me encuentro, hacia la gente: no hay más de 10 o 15 personas, dispersas, ni siquiera manifestándose; luego veo a otros disparar bombas lacrimógenas, tres caen a menos de cuatro metros de donde me encuentro. Siguen disparando hacia la gente. Me refugio detrás de un muro y le doy la vuelta a una construcción, y me encuentro frente a una patrulla de la policía de montaña “asaltando” el lugar con fusiles y pistolas en mano.

Desde lo alto del camino caen algunas piedras, lanzadas a los carros de policías. Sobre el pavimento, quedan numerosos cartuchos de escopeta lanzados desde las fuerzas de pacificación.

¿Qué pasó? ¿Cómo de pronto se transformó el “día de campo” en un asalto en el que quedaron 90 kunas prisioneros? ¿Por qué no se negoció? ¿Por qué tanta violencia? “Somos personas, no animales” Gritaban los indígenas.

El maltrato, refleja el desprecio. Es la violencia que se puede ejercer impunemente contra quiénes parecieran no tener el respeto de la sociedad, porque son diferentes. Evidentemente no es un problema exclusivo de Panamá. Es la deuda histórica de las sociedades de América Latina con sus pueblos originarios, es el reconocimiento a la diversidad multicolor interna, es la necesidad de respetar esa diferencia, de comprenderla, de hacerse cargo de apoyarla y cuidarla. De generar una comunidad de propósitos y de convivencia. De diseñar un desarrollo satisfactorio para todos.

Comprender, respetar, comunicar: Son verbos básicos para la convivencia en la comunidad global. Practicarlos es tarea de todos..

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