Acabo
de terminar mi clase de Biología en el quinto año
del Liceo Fabini de Minas, esta pequeña ciudad al
este del Uruguay. A pesar de mis diez años de experiencia,
continúa siendo difícil ser profesor. Salgo
cansado de clase, especialmente de este grupo de alumnos
de 16 años que parecen no interesarse por nada. Siempre
pienso esto cuando camino por este largo pasillo del segundo
piso, entre adolescentes en recreo que fuman, comen, hablan,
bromean y alcanzan un nivel de ruido que me es difícil
de tolerar a esta hora de la tarde.
Siempre
vengo al Laboratorio de Biología porque aquí
descanso mis oídos: hay silencio. Antes de dejar
sobre la vitrina mi tablita con los apuntes de la clase
y la libreta de notas, doy media vuelta y me encuentro con
la cara pálida de una mujer. Me sorprendo un poco,
pensé que estaba solo. Más me sorprendo cuando
ella cae al suelo cerca de mí.
Demoro
unos instantes en comprender que me encuentro frente a un
desmayo. Es cuando comienzo a hacer lo que debo hacer, tareas
que aprendí con mis familiares médicos y que
son rutinarias en mi profesión: levantarle la cabeza,
despejar la sala de curiosos que no sé cómo
ni cuándo aparecieron, dar espacio a la mujer para
que respire, desprenderle los botones apretados de la blusa.
Cuando
veo que la mujer comienza a recuperarse, llamo a la ayudante
del laboratorio que está en la puerta, le doy un
par de instrucciones y comienzo a buscar mi teléfono
celular. Tengo registrado el número de emergencias,
así que llamo rápidamente a la ambulancia,
mientras le pregunto a la ayudante cómo está
la mujer. Ella, encantada de poder atender un caso real,
me dicta los síntomas: manos húmedas, cara
pálida, casi verde, ojos que parecen asustados.
La Señora
ya está despierta y repite: "Ya me siento bien",
"no sé qué me pasó", "ya
me siento bien". Sé que está atontada
y trato de tranquilizarla: "No se preocupe", le
digo, "Fue un simple desmayo, ahora vendrá una
ambulancia para llevarla al Sanatorio y hacerle algunos
exámenes de rigor". La mujer, en lugar de tranquilizarse,
parece ponerse más nerviosa con mis palabras.
Llegan
los paramédicos, la examinan brevemente. Cuando la
suben a la camilla, la miro y me esfuerzo por sonreírle.
Ella me mira y me parece que está más pálida
que antes. Me dice: "Disculpame, sos muy parecido a
tu padre, me confundí ".
Me extrañan
sus palabras, no entiendo el sentido de su declaración.
Mientras busco mi tablita con mis notas, le pregunto a la
ayudante por la mujer. "Es una nueva profesora, que
ha vivido muchos años en el extranjero y que ahora
está dando clases en el liceo. Se llama Sofía
Morales". No recuerdo a nadie con ese nombre. Hago
un gesto a la ayudante y ella dice: "Sí, yo
también pienso que es un poco rara".
Asiento
con la cabeza, la saludo y me voy. Mientras voy camino a
mi auto, pienso en el estrés que provoca el cambio
de país. También pienso que la menopausia
puede ocasionar algún mareo severo.
Me siento
extraño. No se me ocurre por qué me pidió
disculpas la profesora. Conocía a mi viejo y eso
me gustó porque me lo trajo a la memoria. Cuando
me subo al auto, me doy cuenta que voy atrasadopara la consulta
de las seis.
Distinciones
médicas
El Doctor
Morales actúa como un profesor. Sale de su clase
cansado, busca silencio, entra al laboratorio y se encuentra
con una situación inesperada: el desmayo de una mujer.
La ruptura en su rutina habitual lo sorprende. Reacciona
dejando de ser profesor para convertirse en doctor.
Realiza
distinciones y nombra: sabe que una mujer pálida
que cae y queda con los ojos cerrados en el suelo, está
desmayada. A partir de estas distinciones, reconoce cuáles
son las acciones específicas que debe realizar para
que la mujer despierte. También conoce las acciones
que pueden realizar otras personas, por lo que asume su
liderazgo de médico, comienza a dar órdenes
y a coordinar acciones para lograr el objetivo de despertar
a la mujer.
El Dr.
Morales enfrenta la situación del desmayo desde su
cosmovisión. Distingue, nombra, da sentidos, explica
lo que sucede a través de su propia experiencia.
Interpreta que posiblemente está estresada. Interpreta
que el estrés sumado con síntomas menopáusicos
pueden ocasionar mareos severos, lo que responde a sus inquietudes
acerca de las causas del desmayo. Sus posibilidades de hacer
están marcadas por el espacio de posibilidades que
su experiencia previa le abren.
Sabe
que debe actuar, que tiene que seguir unas acciones concretas
que le llevarán al objetivo de sanar: las coordinaciones
"nacen". En este proceso aparecen momentos vividos,
conversaciones con sus familiares médicos o clases
en la Universidad.
El Dr.
Morales actúa como un médico: calmado, tomando
el control, mandando, llamando, decidiendo. Forma parte
de una comunidad, actúa como parte y comparte el
lenguaje de esa comunidad. En el lenguaje, el Dr. Morales
forma parte de la comunidad de médicos. En el lenguaje,
se genera comunidad.
Sofía
Cuando
me di cuenta que estaba sola con el Dr. Morales en el laboratorio
del Liceo, me desmayé.
Tengo
37 años. Viví muchos años fuera del
Uruguay. He superado con terapias, amigos y mucha fuerza
espiritual, algunos pequeños traumas que me quedaron
de las épocas difíciles, que ahora me parecen
tan lejanas.
Aún
así, si me permitieran cumplir un único deseo,
elegiría borrar de mi memoria un día de mi
vida: cuando fui a declarar a los 19 años. Ese día
marcó mi vida y sigue marcándola. No me pasó
nada en particular, pero tiempo después pude ver,
volviendo al recuerdo de ese día, mucho más
de lo que hubiera deseado ver.
Mientras
esperaba entrar a la oficina para hacer mi declaración,
vi al Dr. Morales que venía con una tablita en la
mano, la que sostenía una especie de formulario.
Antes de entrar me saludó porque me conocía
desde chica. Me miró con ternura y dijo: "Espero
que no estés en problemas". Yo hice una mueca.
Él me tranquilizó diciendo: "Son preguntas,
nada más, no te pongas nerviosa y respondé
con la verdad".
Sonrió,
abrió una puerta, entró en una habitación
y cerró la puerta tras de sí. Me quedé
un rato mirando la puerta. Me sentía confiada. Me
puso contenta el encuentro con el Dr. Morales. Me devolvió
la tranquilidad.
Efectivamente,
me hicieron unas cuantas preguntas a las que respondí
con la más absoluta verdad. Al rato, me dejaron ir.
Cuando
llegué a casa, el alboroto grande: papá estaba
muy asustado, mamá lloraba y yo no lograba entender
nada. En resumen, muchos de mis compañeros del Profesorado
de Biología habían caído presos y papá
quería mandarme a Venezuela con el tío Gaspar.
No sé
cómo sucedieron las cosas, pero dos semanas después
estaba en Caracas, en casa de unos tíos que había
visto tres o cuatro veces. De más está decir
que mi vida cambió radicalmente: de buenas a primeras
y sin mucha conciencia, me encontré viviendo la vida
de una exiliada política. En esta vida, me encontré
con muchos otros uruguayos, exiliados políticos,
por causas más reales que las mías. Escuché
de sus bocas muchas historias, algunas las creí y
otras no.
Pero
cuando me contaron que un tal Dr. Morales, de Minas, era
médico militar y que su función era decidir
si el torturado podía aguantar más tortura,
algo pasó conmigo. Dice el psicólogo que caí
en un shock profundo. Dice el psicólogo que muchas
cosas que yo había visto hicieron sentido en un momento
preciso, que comprendí todo en un instante.
Nunca
logré procesar la idea de que aquel médico
de mi familia, el hombre bonachón que tantas veces
me tomó la fiebre y me acarició el pelo, fuera
un médico de torturas.
Desde
entonces, cada día de mi vida he visto al Dr. Morales,
con su tablita en la mano, sonriéndome y diciéndome
que no me preocupe. Desde entonces, todos los días
y sin desearlo, mi alma ha recreado una imagen que nunca
vi: la que supongo que debe haber sucedido cuando el Dr.
Morales cerró la puerta tras de sí.
Hace
dos meses que volví al Uruguay, aburrida de vivir
en un país que no es mío. Comencé a
dar mis clases de Biología y todo marchaba sobre
ruedas. Hasta que me vi enfrente de la imagen que llevé
todos estos años en mi memoria: la del Dr. Morales
con su tablita en la mano.
Cuando
desperté una muchacha me hablaba y atendía.
Tratando de comprender, busqué en la habitación
y en mi memoria alguna rápida explicación.
La encontré cuando vi al Dr. Morales. El teléfono
celular en su mano y una sonrisa diferente a la bonachona
que yo conocía me indicaron que no era el Dr. Morales
de mi memoria. Me di cuenta que era el hijo del Dr. Morales.
Me enojé
con mi cuerpo, por la reacción que no pude controlar
y que me conmovió hasta los huesos.
Distinciones
del terror
"A
través de nuestro sistema nervioso generamos las
coherencias necesarias para movernos en el medio ambiente.
Lo determinamos y somos determinados por él. En nuestra
experiencia vital vamos generando coordinaciones con este
medio ambiente para mantenernos vivos". (1)
Una
de las principales características de la percepción
es la capacidad de destacar y ordenar los elementos sobre
el fondo. La percepción nos permite trazar caminos
sobre el caos, dibujar una memoria particular del transitar
de nuestras vidas.
Sofía
nunca vio al Dr. Morales en la sala de tortura. Pero la
recreación imaginaria de los cuentos que escuchó
en Caracas, de boca de exiliados políticos, interviene
en su vida y la lleva por caminos específicos. En
cada palabra, todo un mundo de distinciones es abierto.
Es un mundo específico que deja a otros mundos excluidos.
Frente
al recuerdo del Dr. Morales, Sofía reacciona con
un desmayo, su cuerpo reacciona, su cuerpo comunica. El
mundo que surge ante Sofía es el que ella puede captar.
Ve a una persona, su gesto, sus rasgos, su actitud y una
tablita que lleva en la mano. La imagen la transporta a
un recuerdo, a un momento preciso de su vida. Y su cuerpo
se expresa.
Conclusiones
"La
memoria guardará lo que valga la pena.
La memoria sabe de mí más que yo
y ella no pierde lo que merece ser salvado"
Eduardo Galeano
(Días y noches de amor y de guerra)
Miro,
identifico, recuerdo, doy sentido, actúo, coordino
acciones con otros. La situación comunicacional surge
por alguien que busca alcanzar un objetivo. Al describir
actores, historias, sentimientos y hechos, he seguido varios
objetivos.
Elegí
esta situación comunicacional con el objetivo de
ahondar en uno de los aspectos que más me impactan
en los temas comunicacionales: cómo el cuerpo muestra
estados de ánimo, emociones, cómo el cuerpo
comunica a través de sudores, desmayos o pupilas
que se dilatan.
Desde
siempre he tenido un especial interés por el ámbito
personal, individual: cómo nuestro cuerpo muestra
más de lo que pensamos que muestra, cómo nuestras
palabras dicen más de lo que dicen. Atender y comprender
las señales del cuerpo, la comunicación corporal,
continúa siendo un objetivo personal principal.
Desde
una perspectiva comunicológica, creo interesante
des-cubrir cómo cada uno de los actores de la situación
comunicacional distingue, nombra y da sentidos al encuentro
y a los hechos. Y desde dónde lo hace.
Las
distinciones que hace el Dr. Morales posibilitan una efectiva
coordinación de acciones con otras personas con un
objetivo concreto: recuperar a la mujer del desmayo. En
este sentido, y tomando el concepto de Mauricio Tolosa en
su libro, estas distinciones "iluminan". Y, al
mismo tiempo, "encandilan", porque impiden que
el Dr. Morales averigue los motivos del desmayo y preste
atención a la declaración que le hace la mujer.
El Dr. Morales se pierde un universo de posibilidades que
habrían aparecido si él hubiera dado importancia
a distinciones que, de haberle dado importancia, no habría
actuado como se esperaba de él (como un médico).
Quisiera
reflexionar ahora sobre la construcción de la situación
comunicacional que presenté. En ella intervinieron
mis relatos de los hechos, mis distinciones, la manera en
que nombré, los énfasis que di a algunos hechos,
los sentidos que atribuí a ciertas imágenes.
Esta
situación comunicacional también se construyó
a partir de lo que el lector (auditor) aprehendió,
distinguió, interpretó, relacionó con
su experiencia. En esta construcción intervinieron
también los diferentes sentidos que los lectores
(auditores) le asignaron. (Entre paréntesis, no es
lo mismo leer mi trabajo que estar escuchándolo.
Y tampoco será lo mismo cuando lo lean después
de haberlo escuchado).
"Cada
uno, por su papel e historia particulares, por sus aprendizajes,
ha ido configurando su propio ser dentro del grupo humano".
Cada uno concurre al encuentro "desde el mundo al que
cada uno pertenece, desempeñando el papel que es
mundo le ha posibilitado y delimitado". (2)
(1)
TOLOSA, Mauricio. Comunicología. De la aldea global
a la comunidad global. Dolmen. Santiago de Chile. 1999.
Pág.32
(2)
Op. Cit. Pág. 21
©Graciela
Rodríguez - Milhomens agosto de 2000
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