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El híbrido rural: nuevas distinciones, nuevos significados
Autor: Iván Guerrero
 

Si bien la distinción entre urbanidad y ruralidad está lejos de constituir un consenso, en este ensayo partiremos del supuesto que la diferencia no está circunscrita sólo a criterios de población, niveles de educación o actividad económica predominante, sino a la forma en que cada una de las experiencias se aproxima al mundo. Tanto el universo urbano como el rural, configuran sus posibilidades de ser y hacer mediatizados por un habla, una cultura y un tipo de aprendizaje particular que condiciona su espacio de relaciones a través de la preeminencia de ciertos valores, costumbres y símbolos que les son propios e inherentes.

Por ejemplo, si salimos a disfrutar de un día al aire libre con un habitante de la urbe - o con una persona socializada en los valores de la modernidad - y el viento empieza a soplar con una fuerza inusual, seguramente nuestro interlocutor explicará la experiencia arguyendo alguna alteración en cierta variable meteorológica que posibilita la ocurrencia del fenómeno.

Si repetimos el ejercicio con un campesino, seguramente explicará la experiencia recurriendo a algún refrán popular, a alguna leyenda o dirá, simplemente "mañana va a llover". Un mismo fenómeno, dos explicaciones de la experiencia. Mientras el individuo moderno explicita con cierta validez científica la irrupción de un ventarrón repentino, el campesino, socializado en torno a valores pre-modernos, reconocerá "distinciones" en el fenómeno e interpretará desde una perspectiva mítico-mágica.

Así, las relaciones que la ruralidad establece con su entorno, se fundan en una determinada forma de ver, situarse y explicar el mundo que los rodea. Aquella especificidad, esa particularidad incubada en el seno de una cultura y una socialización específica que se va modificando de acuerdo a la experiencia, nos permite reconocer un "modo de ser rural", distinguir cierta racionalidad campesina que se funda en una praxis del "saber hacer" que está vinculada, entre otras cosas, a una relación directa y vital con la naturaleza.

De esta forma, la ruralidad no puede ser entendida como una determinada población acotada a un espacio específico o como un conjunto de manifestaciones folklóricas o religiosas, sino como un sistema complejo de creencias, costumbres, significados y connotaciones , que tienen que ver con el espacio de distinciones que constituyen el devenir rural.

La pata coja del jaguar

¿En qué pensamos cuando pensamos en ruralidad? ¿Cuáles son aquellas imágenes que se nos vienen a la cabeza cuando escuchamos a alguien hablar del campo? Seguramente, algunos pensarán en una agradable tarde de lectura bajo la sombra de algún sauce, otros, tal vez, pensarán en praderas de múltiples colores repletas de animales comiendo bajo el sol o, simplemente, en un vaso de leche fresca "al pie de la vaca". Sin embrago, si abandonamos por un momento esa connotación lírica del espacio rural, visualizaremos un espacio gris, atrasado, bárbaro y prescindible.

Es que la cultura moderna, cuyo espacio de desarrollo por excelencia es la ciudad y los grandes centros urbanos, ha elaborado una visión del mundo según la cual la ruralidad sería incapaz de asumir su propio desarrollo, ya que los valores y la idiosincrasia asociada a sus representantes formarían parte de un pasado ya superado por la modernidad. De acuerdo a esta lectura, el mundo rural estaría condenado a asumir en nuevo paradigma o subsistir sumido a una suerte de invisibilidad y convertirse en una comunidad de segundo orden, en "la pata coja del jaguar".

Si tomamos en cuenta los modelos de desarrollo que ha impulsado el Estado para subsidiar al mundo rural y contribuir ala incorporación de este sector al proceso de modernización general del país, notaremos que los lineamientos y directrices ideados por el nivel central, han sido definidos históricamente desde una perspectiva urbana (moderna) ejerciendo una fuerte presión por modificar los patrones de comportamiento de los habitantes de la ruralidad.

El reconocimiento de todos aquellos factores distintivos del mundo rural que conforman un estado de ánimo afectivo y específico en las poblaciones del campo, han sido permanentemente obviados por los programas de desarrollo amparados por el Estado, dificultando los procesos de aprendizaje y puesta en marcha de planes estratégicos orientados a insertar al campesino en lógicas de mercado globales y competitivas. En términos generales, los habitantes de la ruralidad tienen la percepción de que todo aquello "significativo" para el país ocurre en las ciudades; son los espacios urbanos los encargados de lucir el rostro afable de la modernización y el mundo rural aún tiende a situarse en los extramuros.

A pesar de que el cambio modernizador en la ruralidad ha venido fundamentalmente desde la urbanidad y ha tenido que ver, en gran medida, con transformaciones externas al individuo - desarrollo tecnológico, comunicaciones e implementación de servicios - hay un sector importante, comprendido principalmente por jóvenes que han tenido un mayor acceso a la educación, que esboza una sensación objetiva de que el mundo se puede transformar. Utilizando diversas herramientas, hombres y mujeres jóvenes de la ruralidad están modificando, conociendo y explicando, muchas acciones y procesos que hasta hace algún tiempo permanecían en el terreno de la magia, la suerte y la intuición.

Mas vale distinción en mano...

Habíamos caminado más de media hora y el craquetear de nuestros pasos sobre las verdes praderas de la localidad de Quillaipe, se confundía con el sonido casi imperceptible del vapor que nubla los bosques del sur cuando el sol de mediodía comienza a hacer su trabajo. Nos dirigíamos a la casa de don Héctor Aburto, una suerte de ermitaño ilustrado que hace poco menos de veinte años descubrió las propiedades casi mágicas de un musgo que se da de manera natural en algunas tierras australes.

El Sphagnum Moss, como se conoce en otros lugares del mundo, es un fertilizante y fungicida de increíbles características que actualmente, gracias a la Asociación de Pequeños Agricultores que lidera nuestro entrevistado, se exporta a países como Nueva Zelanda y Japón.

El sendero, aún mojado por el rebelde invierno austral, parecía no tener fin. A medida que avanzábamos, el tupido bosque contaba cada uno de nuestros tímidos pasos y no había rastros del "señor del musgo". De pronto, un viejo campesino arreando a una yunta de bueyes. Era nuestra salvación. Lo miré con la esperanza de aquel que se encuentra con una caja de certezas y le pregunté por la casa de Héctor Aburto.

Me dijo que lo conocía y que su casa quedaba "ahí no más". Demasiado vago para mí. Tratando de no ser inoportuno, le pedí que hiciera una estimación y me dijera la cantidad de kilómetros que aún nos separaban de nuestro entrevistado. "No sé cuántos kilómetros son pues oiga, pero esta ahí cerquita, detracito de la loma esa que está allí". Con esa sensación de no saber por qué, le di las gracias y continué mi andar. La loma de "allí" estaba a más de una hora caminando y la casa de nuestro entrevistado, a media hora del "detracito".

A diferencia de una persona socializada en los valores de la modernidad, el campesino reconoce distinciones en el espacio; no habla de kilómetros, millas o metros, sino de cerros, lomas y caminos. Su percepción del tiempo está ligada estrechamente a los ciclos de la naturaleza y, debido a ello, tienen una comprensión particular del mundo que configura cierta racionalidad distinta a la del habitante de la urbe.

Por ejemplo, las relaciones que la ruralidad establece con su entorno, suelen ser escasamente verbalizadas y profundamente sintéticas. Aun cuando tienen conciencia de los distintos elementos que configuran un proceso determinado, tienen dificultad para relacionarlos con palabras. A diferencia de un agrónomo o de un técnico agrícola, no siempre tienen la capacidad de explicitar con términos precisos el proceso de siembra o de preparación de la tierra, sin embargo reconocen distinciones en él, lo comprenden cabalmente y pueden reproducirlo todas las veces que sea necesario.

Otra característica de la racionalidad campesina es su naturaleza analógica: utilizan metáforas e imágenes para comprender el mundo que los rodea. El conocimiento se funda en el sentido común y se expresa en refranes y leyendas que adquieren la categoría de "verdad" o parte de ella. En las zonas rurales, es muy común explicar los diversos acontecimientos - lo que ocurre o está por ocurrir - a través de metáforas que cobran sentido en sí mismas, independientemente de la verdad inmanente que encontremos tras ellas. Es más, la mayoría de las frases de sentido común que en la urbanidad reconocemos como "dichos populares", provienen del mundo rural y tienen un correlato o explicación de acuerdo a nuestro universo de distinciones, de acuerdo a nuestro "nuestro lado del conocer".

Otro elemento destacable, es la preeminencia de lo intuitivo por sobre lo racional. Muchas veces, el hombre rural explica sus decisiones arguyendo cierta inspiración repentina, presentimiento o sexto sentido que lo llevó a tomar tal o cual determinación. La lógica decisional de la ruralidad se funda mayoritariamente en el "olfato", en la experiencia misma, y no contempla la elaboración de planes estratégicos a la hora de tomar una opción.

Por último, es importante destacar el carácter particular que adquiere la temporalidad y la espacialidad en el mundo rural. En la sociedad moderna, el tiempo transcurre de manera lineal y es fácilmente cuantificable a través de segundos, minutos, horas, días, meses, estaciones y años. La ruralidad, en cambio, transcurre en un tiempo cíclico vinculado a la estacionalidad de las cosechas y a la progresión natural del día, siéndoles posible distinguir albas, mañanas, tardes, crepúsculos y noches.

El espacio de la ruralidad, aquel entorno natural en el cual desarrollan su actividad económica, también se ordena sobre la base de distinciones - en este caso geográficas- que les permiten acotar los límites de un predio determinado o la distancia que une dos puntos en la inmensidad de la pradera. Es muy difícil que un campesino hable de kilómetros, millas o metros, para referirse a la distancia que existe entre su morada y su lugar de trabajo. Habitualmente, lo hacen recurriendo al tiempo o a la porción del día que les toma trasladarse de un lugar a otro. Así, el hombre rural, estará muchas veces en su vida a media mañana o a una tarde de su casa.

En la práctica, esta racionalidad campesina que he descrito, esta sensibilidad para aprehender el mundo, hacer distinciones y establecer relaciones, se traduce en un conjunto de percepciones y máximas ampliamente invalidadas por la modernidad, que impiden a la ruralidad integrarse de manera cabal a los flujos de la vida moderna. No obstante el enorme "saber hacer" que han acumulado los pequeños productores en estos últimos años, vinculando exitosamente experiencia y adelantos tecnológicos, aún persiste la lectura estereotípica que asocia al hombre rural con lentitud de mente, marginalidad, pobreza e incapacidad.

¿Identidades locales v/s modernidad?

La falta de espacios para la expresión y ejercicio de las identidades locales, continúa aplazando el ingreso de la modernidad - de su vertiente más cultural- en el campo; la modernidad en el mundo rural, no pasa sólo por un conjunto de transformaciones a nivel productivo o tecnológico, sino que fundamentalmente por el despliegue de capacidades y actitudes innovadoras y emprendedoras por parte de los mismos habitantes de la ruralidad y por el reconocimiento de una subjetividad cultural que supone una forma de ser, estar y explicar el mundo.

Hoy en día, los jóvenes de la ruralidad tienen la convicción y la sensación de que el mundo es transformable producto de su propia actuación y del manejo apropiado de los instrumentos que la modernidad ha puesto en el campo. El conocimiento, la ciencia y la tecnología, son armas que empiezan a cobrar fuerza en la construcción de una nueva ruralidad. Una nueva ruralidad que se funda en el ingreso paulatino de la modernidad y en el profundo aprecio por un conjunto de manifestaciones culturales que han modelado por siglos el perfil de lo rural.

Si bien algunos investigadores ortodoxos podrían encontrar ciertos elementos contradictorios en esta intersección entre modernización y especificidad cultural, creemos que la interacción entre subjetividad (cultura) y modernización puede entregar distintas formas de alcanzar la modernidad. Es más, la incorporación de las subjetividades culturales se nos plantea como una de las opciones o rutas para abordar uno de los tantos vicios del mundo moderno: acotar su espacio de posibilidades a la racionalidad instrumental y vislumbrarse únicamente tras una comprensión científica y lógica del mundo.

La desmitificación de la idea de que sólo la ciencia y la tecnología permiten el conocimiento y la transformación del mundo, otorga nuevas posibilidades para la consolidación de una ruralidad fundada en el encuentro sincrético entre tradición y modernidad. La apertura hacia otros tipos de conocimiento - la inteligencia emocional, la medicina alternativa o la meditación - que plantean nuevas opciones de aprehender y conocer el mundo, parecen confirmar el sinfín de rutas alternativas para alcanzar la modernidad.

El híbrido rural

La modernidad nunca es un fenómeno de una sola cara. La concepción clásica de la modernidad es, ante todo, la preeminencia de una imagen racionalista del mundo que integra al hombre en la naturaleza y rechaza cualquier forma de dualismo tanto del cuerpo como del alma, del mundo humano como del trascendente. La fe en la razón es la piedra angular de la autoconciencia que caracteriza a la modernidad y la capacidad reflexiva del hombre constituye el único medio para develar y explicar el mundo.

Si consideráramos únicamente esta conceptualización purista e "ideal" del paradigma de la modernidad para dar cuenta de su presencia, podríamos decir que el mundo rural no alberga ni siquiera retazos del modelo y cualquier proyección que hiciésemos, tomado en cuenta la progresiva modernización material del sector, tendría sentido sobre la base de un proceso de racionalización sin precedentes en el seno de una cultura como la rural.

Augurar tal omnipresencia de la modernidad en la ruralidad, sería desconocer el peso de las identidades locales como ordenadoras del universo de distinciones del campesino y proponer una concepción evolucionista de la sociedad rural que no tiene nada que ver con el modo en que tradición y modernidad se han articulado para conformar una "cultura híbrida".

Estos procesos de hibridación en el mundo rural han sido lentos, parciales y heterogéneos e interpretan los cruces en que lo tradicional y moderno se mezclan, configurando, más allá de un nuevo espacio de posibilidades para el campesino, a un "nuevo hombre rural". De esta manera, el discurso y la praxis de la modernidad no operan en la ruralidad sobre un terreno baldío, sino sobre una matriz cultural establecida, fundada en valores, metáforas y representaciones simbólicas que configuran un modo de "estar" y de "explicar" el mundo.

Es por ello que el "nuevo hombre rural" - aquel habitante de la ruralidad que ha integrado manifestaciones y patrones de comportamiento tradicionales y modernos - no puede ser entendido únicamente como el producto del enfrentamiento entre ambos paradigmas, sino como un paradigma en sí mismo; como la conversión de un elemento en algo distinto por efecto del encuentro mismo.

Iván Guerrero, agosto de 2000

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