Si bien
la distinción entre urbanidad y ruralidad está
lejos de constituir un consenso, en este ensayo partiremos
del supuesto que la diferencia no está circunscrita
sólo a criterios de población, niveles de
educación o actividad económica predominante,
sino a la forma en que cada una de las experiencias se aproxima
al mundo. Tanto el universo urbano como el rural, configuran
sus posibilidades de ser y hacer mediatizados por un habla,
una cultura y un tipo de aprendizaje particular que condiciona
su espacio de relaciones a través de la preeminencia
de ciertos valores, costumbres y símbolos que les
son propios e inherentes.
Por
ejemplo, si salimos a disfrutar de un día al aire
libre con un habitante de la urbe - o con una persona socializada
en los valores de la modernidad - y el viento empieza a
soplar con una fuerza inusual, seguramente nuestro interlocutor
explicará la experiencia arguyendo alguna alteración
en cierta variable meteorológica que posibilita la
ocurrencia del fenómeno.
Si repetimos
el ejercicio con un campesino, seguramente explicará
la experiencia recurriendo a algún refrán
popular, a alguna leyenda o dirá, simplemente "mañana
va a llover". Un mismo fenómeno, dos explicaciones
de la experiencia. Mientras el individuo moderno explicita
con cierta validez científica la irrupción
de un ventarrón repentino, el campesino, socializado
en torno a valores pre-modernos, reconocerá "distinciones"
en el fenómeno e interpretará desde una perspectiva
mítico-mágica.
Así,
las relaciones que la ruralidad establece con su entorno,
se fundan en una determinada forma de ver, situarse y explicar
el mundo que los rodea. Aquella especificidad, esa particularidad
incubada en el seno de una cultura y una socialización
específica que se va modificando de acuerdo a la
experiencia, nos permite reconocer un "modo de ser
rural", distinguir cierta racionalidad campesina que
se funda en una praxis del "saber hacer" que está
vinculada, entre otras cosas, a una relación directa
y vital con la naturaleza.
De esta
forma, la ruralidad no puede ser entendida como una determinada
población acotada a un espacio específico
o como un conjunto de manifestaciones folklóricas
o religiosas, sino como un sistema complejo de creencias,
costumbres, significados y connotaciones , que tienen que
ver con el espacio de distinciones que constituyen el devenir
rural.
La
pata coja del jaguar
¿En
qué pensamos cuando pensamos en ruralidad? ¿Cuáles
son aquellas imágenes que se nos vienen a la cabeza
cuando escuchamos a alguien hablar del campo? Seguramente,
algunos pensarán en una agradable tarde de lectura
bajo la sombra de algún sauce, otros, tal vez, pensarán
en praderas de múltiples colores repletas de animales
comiendo bajo el sol o, simplemente, en un vaso de leche
fresca "al pie de la vaca". Sin embrago, si abandonamos
por un momento esa connotación lírica del
espacio rural, visualizaremos un espacio gris, atrasado,
bárbaro y prescindible.
Es que
la cultura moderna, cuyo espacio de desarrollo por excelencia
es la ciudad y los grandes centros urbanos, ha elaborado
una visión del mundo según la cual la ruralidad
sería incapaz de asumir su propio desarrollo, ya
que los valores y la idiosincrasia asociada a sus representantes
formarían parte de un pasado ya superado por la modernidad.
De acuerdo a esta lectura, el mundo rural estaría
condenado a asumir en nuevo paradigma o subsistir sumido
a una suerte de invisibilidad y convertirse en una comunidad
de segundo orden, en "la pata coja del jaguar".
Si tomamos
en cuenta los modelos de desarrollo que ha impulsado el
Estado para subsidiar al mundo rural y contribuir ala incorporación
de este sector al proceso de modernización general
del país, notaremos que los lineamientos y directrices
ideados por el nivel central, han sido definidos históricamente
desde una perspectiva urbana (moderna) ejerciendo una fuerte
presión por modificar los patrones de comportamiento
de los habitantes de la ruralidad.
El reconocimiento
de todos aquellos factores distintivos del mundo rural que
conforman un estado de ánimo afectivo y específico
en las poblaciones del campo, han sido permanentemente obviados
por los programas de desarrollo amparados por el Estado,
dificultando los procesos de aprendizaje y puesta en marcha
de planes estratégicos orientados a insertar al campesino
en lógicas de mercado globales y competitivas. En
términos generales, los habitantes de la ruralidad
tienen la percepción de que todo aquello "significativo"
para el país ocurre en las ciudades; son los espacios
urbanos los encargados de lucir el rostro afable de la modernización
y el mundo rural aún tiende a situarse en los extramuros.
A pesar
de que el cambio modernizador en la ruralidad ha venido
fundamentalmente desde la urbanidad y ha tenido que ver,
en gran medida, con transformaciones externas al individuo
- desarrollo tecnológico, comunicaciones e implementación
de servicios - hay un sector importante, comprendido principalmente
por jóvenes que han tenido un mayor acceso a la educación,
que esboza una sensación objetiva de que el mundo
se puede transformar. Utilizando diversas herramientas,
hombres y mujeres jóvenes de la ruralidad están
modificando, conociendo y explicando, muchas acciones y
procesos que hasta hace algún tiempo permanecían
en el terreno de la magia, la suerte y la intuición.
Mas
vale distinción en mano...
Habíamos
caminado más de media hora y el craquetear de nuestros
pasos sobre las verdes praderas de la localidad de Quillaipe,
se confundía con el sonido casi imperceptible del
vapor que nubla los bosques del sur cuando el sol de mediodía
comienza a hacer su trabajo. Nos dirigíamos a la
casa de don Héctor Aburto, una suerte de ermitaño
ilustrado que hace poco menos de veinte años descubrió
las propiedades casi mágicas de un musgo que se da
de manera natural en algunas tierras australes.
El Sphagnum
Moss, como se conoce en otros lugares del mundo, es un fertilizante
y fungicida de increíbles características
que actualmente, gracias a la Asociación de Pequeños
Agricultores que lidera nuestro entrevistado, se exporta
a países como Nueva Zelanda y Japón.
El sendero,
aún mojado por el rebelde invierno austral, parecía
no tener fin. A medida que avanzábamos, el tupido
bosque contaba cada uno de nuestros tímidos pasos
y no había rastros del "señor del musgo".
De pronto, un viejo campesino arreando a una yunta de bueyes.
Era nuestra salvación. Lo miré con la esperanza
de aquel que se encuentra con una caja de certezas y le
pregunté por la casa de Héctor Aburto.
Me dijo
que lo conocía y que su casa quedaba "ahí
no más". Demasiado vago para mí. Tratando
de no ser inoportuno, le pedí que hiciera una estimación
y me dijera la cantidad de kilómetros que aún
nos separaban de nuestro entrevistado. "No sé
cuántos kilómetros son pues oiga, pero esta
ahí cerquita, detracito de la loma esa que está
allí". Con esa sensación de no saber
por qué, le di las gracias y continué mi andar.
La loma de "allí" estaba a más de
una hora caminando y la casa de nuestro entrevistado, a
media hora del "detracito".
A diferencia
de una persona socializada en los valores de la modernidad,
el campesino reconoce distinciones en el espacio; no habla
de kilómetros, millas o metros, sino de cerros, lomas
y caminos. Su percepción del tiempo está ligada
estrechamente a los ciclos de la naturaleza y, debido a
ello, tienen una comprensión particular del mundo
que configura cierta racionalidad distinta a la del habitante
de la urbe.
Por
ejemplo, las relaciones que la ruralidad establece con su
entorno, suelen ser escasamente verbalizadas y profundamente
sintéticas. Aun cuando tienen conciencia de los distintos
elementos que configuran un proceso determinado, tienen
dificultad para relacionarlos con palabras. A diferencia
de un agrónomo o de un técnico agrícola,
no siempre tienen la capacidad de explicitar con términos
precisos el proceso de siembra o de preparación de
la tierra, sin embargo reconocen distinciones en él,
lo comprenden cabalmente y pueden reproducirlo todas las
veces que sea necesario.
Otra
característica de la racionalidad campesina es su
naturaleza analógica: utilizan metáforas e
imágenes para comprender el mundo que los rodea.
El conocimiento se funda en el sentido común y se
expresa en refranes y leyendas que adquieren la categoría
de "verdad" o parte de ella. En las zonas rurales,
es muy común explicar los diversos acontecimientos
- lo que ocurre o está por ocurrir - a través
de metáforas que cobran sentido en sí mismas,
independientemente de la verdad inmanente que encontremos
tras ellas. Es más, la mayoría de las frases
de sentido común que en la urbanidad reconocemos
como "dichos populares", provienen del mundo rural
y tienen un correlato o explicación de acuerdo a
nuestro universo de distinciones, de acuerdo a nuestro "nuestro
lado del conocer".
Otro
elemento destacable, es la preeminencia de lo intuitivo
por sobre lo racional. Muchas veces, el hombre rural explica
sus decisiones arguyendo cierta inspiración repentina,
presentimiento o sexto sentido que lo llevó a tomar
tal o cual determinación. La lógica decisional
de la ruralidad se funda mayoritariamente en el "olfato",
en la experiencia misma, y no contempla la elaboración
de planes estratégicos a la hora de tomar una opción.
Por
último, es importante destacar el carácter
particular que adquiere la temporalidad y la espacialidad
en el mundo rural. En la sociedad moderna, el tiempo transcurre
de manera lineal y es fácilmente cuantificable a
través de segundos, minutos, horas, días,
meses, estaciones y años. La ruralidad, en cambio,
transcurre en un tiempo cíclico vinculado a la estacionalidad
de las cosechas y a la progresión natural del día,
siéndoles posible distinguir albas, mañanas,
tardes, crepúsculos y noches.
El espacio
de la ruralidad, aquel entorno natural en el cual desarrollan
su actividad económica, también se ordena
sobre la base de distinciones - en este caso geográficas-
que les permiten acotar los límites de un predio
determinado o la distancia que une dos puntos en la inmensidad
de la pradera. Es muy difícil que un campesino hable
de kilómetros, millas o metros, para referirse a
la distancia que existe entre su morada y su lugar de trabajo.
Habitualmente, lo hacen recurriendo al tiempo o a la porción
del día que les toma trasladarse de un lugar a otro.
Así, el hombre rural, estará muchas veces
en su vida a media mañana o a una tarde de su casa.
En la
práctica, esta racionalidad campesina que he descrito,
esta sensibilidad para aprehender el mundo, hacer distinciones
y establecer relaciones, se traduce en un conjunto de percepciones
y máximas ampliamente invalidadas por la modernidad,
que impiden a la ruralidad integrarse de manera cabal a
los flujos de la vida moderna. No obstante el enorme "saber
hacer" que han acumulado los pequeños productores
en estos últimos años, vinculando exitosamente
experiencia y adelantos tecnológicos, aún
persiste la lectura estereotípica que asocia al hombre
rural con lentitud de mente, marginalidad, pobreza e incapacidad.
¿Identidades
locales v/s modernidad?
La falta
de espacios para la expresión y ejercicio de las
identidades locales, continúa aplazando el ingreso
de la modernidad - de su vertiente más cultural-
en el campo; la modernidad en el mundo rural, no pasa sólo
por un conjunto de transformaciones a nivel productivo o
tecnológico, sino que fundamentalmente por el despliegue
de capacidades y actitudes innovadoras y emprendedoras por
parte de los mismos habitantes de la ruralidad y por el
reconocimiento de una subjetividad cultural que supone una
forma de ser, estar y explicar el mundo.
Hoy
en día, los jóvenes de la ruralidad tienen
la convicción y la sensación de que el mundo
es transformable producto de su propia actuación
y del manejo apropiado de los instrumentos que la modernidad
ha puesto en el campo. El conocimiento, la ciencia y la
tecnología, son armas que empiezan a cobrar fuerza
en la construcción de una nueva ruralidad. Una nueva
ruralidad que se funda en el ingreso paulatino de la modernidad
y en el profundo aprecio por un conjunto de manifestaciones
culturales que han modelado por siglos el perfil de lo rural.
Si bien
algunos investigadores ortodoxos podrían encontrar
ciertos elementos contradictorios en esta intersección
entre modernización y especificidad cultural, creemos
que la interacción entre subjetividad (cultura) y
modernización puede entregar distintas formas de
alcanzar la modernidad. Es más, la incorporación
de las subjetividades culturales se nos plantea como una
de las opciones o rutas para abordar uno de los tantos vicios
del mundo moderno: acotar su espacio de posibilidades a
la racionalidad instrumental y vislumbrarse únicamente
tras una comprensión científica y lógica
del mundo.
La desmitificación
de la idea de que sólo la ciencia y la tecnología
permiten el conocimiento y la transformación del
mundo, otorga nuevas posibilidades para la consolidación
de una ruralidad fundada en el encuentro sincrético
entre tradición y modernidad. La apertura hacia otros
tipos de conocimiento - la inteligencia emocional, la medicina
alternativa o la meditación - que plantean nuevas
opciones de aprehender y conocer el mundo, parecen confirmar
el sinfín de rutas alternativas para alcanzar la
modernidad.
El
híbrido rural
La modernidad
nunca es un fenómeno de una sola cara. La concepción
clásica de la modernidad es, ante todo, la preeminencia
de una imagen racionalista del mundo que integra al hombre
en la naturaleza y rechaza cualquier forma de dualismo tanto
del cuerpo como del alma, del mundo humano como del trascendente.
La fe en la razón es la piedra angular de la autoconciencia
que caracteriza a la modernidad y la capacidad reflexiva
del hombre constituye el único medio para develar
y explicar el mundo.
Si consideráramos
únicamente esta conceptualización purista
e "ideal" del paradigma de la modernidad para
dar cuenta de su presencia, podríamos decir que el
mundo rural no alberga ni siquiera retazos del modelo y
cualquier proyección que hiciésemos, tomado
en cuenta la progresiva modernización material del
sector, tendría sentido sobre la base de un proceso
de racionalización sin precedentes en el seno de
una cultura como la rural.
Augurar
tal omnipresencia de la modernidad en la ruralidad, sería
desconocer el peso de las identidades locales como ordenadoras
del universo de distinciones del campesino y proponer una
concepción evolucionista de la sociedad rural que
no tiene nada que ver con el modo en que tradición
y modernidad se han articulado para conformar una "cultura
híbrida".
Estos
procesos de hibridación en el mundo rural han sido
lentos, parciales y heterogéneos e interpretan los
cruces en que lo tradicional y moderno se mezclan, configurando,
más allá de un nuevo espacio de posibilidades
para el campesino, a un "nuevo hombre rural".
De esta manera, el discurso y la praxis de la modernidad
no operan en la ruralidad sobre un terreno baldío,
sino sobre una matriz cultural establecida, fundada en valores,
metáforas y representaciones simbólicas que
configuran un modo de "estar" y de "explicar"
el mundo.
Es por
ello que el "nuevo hombre rural" - aquel habitante
de la ruralidad que ha integrado manifestaciones y patrones
de comportamiento tradicionales y modernos - no puede ser
entendido únicamente como el producto del enfrentamiento
entre ambos paradigmas, sino como un paradigma en sí
mismo; como la conversión de un elemento en algo
distinto por efecto del encuentro mismo.
Iván
Guerrero, agosto de 2000
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