Una
familia cena en su casa un día jueves. La conversación
es entusiasta, se planifica el paseo del fin de semana.
Hay distintas posiciones en el grupo, unos quieren ir a
Isla Negra, pasar a visitar la Casa de Neruda y almorzar
en la caleta del Quisco. Otros se inclinan por ir a Viña
y recorrer los cerros de Valparaíso. Finalmente la
opción es recorrer la Ruta del Vino del Valle del
Cachapoal, y adentrarse en la degustación y el paisaje
clásico de los valles centrales. Lo que estaba claro
era que no se quedarían en Santiago, para aprovechar
de respirar aire puro.
Expectativas
sobre un lugar, una región, un territorio y sus habitantes,
relatos e historias leídas en un periódico
o vistas en la televisión. Experiencia de visitas
previas y las acciones realizadas: un almuerzo amablemente
servido, un producto comprado en un puesto al borde del
camino, el recepcionista de un hotel que contaba historias
sobre la región. Recuerdos, emociones, nostalgia
de la puesta de sol vivida en la infancia, plenitud del
aroma del vino en una bodega, confianza de transitar por
una carretera bien señalizada, encantamiento con
el sonido de arroyo de las hojas de los álamos.
En la
comunidad global, los pueblos, regiones y países,
en distinta escala y con diferentes recursos, disputan un
lugar entre los habitantes del planeta. Esto ha sido entendido
de distintas maneras y con distintas profundidades en distintas
latitudes. Barcelona, Playa del Carmen, Punta del Este,
Sillicon Valley, Bangalore, Sydney, por mencionar algunas
de las apariciones –en algunos casos reinvenciones-
más recientes. Destino turístico, de negocios,
de estudio, de jubilación, cada lugar busca su papel
en la gran jungla global.
En nuestro
país –confundido entre el parecer y el ser-,
a menudo se confunde la identidad con la imagen. La publicidad
de un banco no siempre es coherente con las acciones que
suceden frente a la ventanilla, las denuncias de los parlamentarios
duran lo mismo que el flash de las cámaras fotográficas,
la imagen país lo que se demora el recorrido de un
bus en Londres. Consiste con esa lógica, no es raro
que, con frecuencia, en Chile el posicionamiento de identidad
regional pase por el curanto, el chaleco, el asado, o la
empanada más grande del mundo, que logren los treinta
segundos de fama en el noticiero televisivo de la noche.
La identidad
no es un proyecto, ni un estudio, sino esas acciones y conversaciones
cotidianas que se trasforman en cultura de un lugar con
el paso del tiempo, que hace que otras comunidades sepan
qué esperar de ese territorio: un buen vino, un buen
tejido, un paseo placentero. El desafío surge con
la globalización, que plantea una competencia sin
contemplaciones hasta el último rincón del
planeta. El vino, el lugar de vacaciones, o el tejido compite
con similares de cualquier lugar del mundo. No se trata
sólo de marcas o imágenes. Son todos los procesos
de calidad, los relatos, los conocimientos y técnicas,
la cultura asociada a cada producto y lugar la que le da
su identidad en el mundo.
No basta
con la tradición, la globalización impone
también nuevos estándares. Las alfombras de
Pakistán que por siglos embellecían palacios
y mansiones lujosas, de pronto dejan de ser apetecidas porque
un reportaje de la televisión y la OIT develan que
detrás de cada nudo están los dedos finos
de niños que han sacrificado sus estudios y a veces
su salud en condiciones de trabajo a menudo deplorables.
El vacío de pronto puede ser llenado por alfombras
de Kazakjistán que pueden no tener la misma reputación
pero cumplen los estándares.
En el
mundo global las comunidades humanas buscan su espacio para
sobrevivir y ser opción. En ese contexto surge la
gestión de identidad como proceso que guía
a una comunidad para que influya y decida quién quiere
ser en el mundo, y no se someta al papel asignado desde
otros confines por los mass media y los mercados globales.
Esa decisión no tiene que ver sólo con cómo
quieren “aparecer” los habitantes de un territorio,
sino con cómo quieren vivir, cómo quieren
conversar, qué quieren producir, en definitiva quiénes
quieren ser.
La gestión
de identidad territorial es un proceso complejo que requiere
una comunidad organizada tras un imagen objetivo, que articula
sus acciones y conductas, sus emociones y relatos, su oferta
de productos comunicacionales directos y mediales en función
de fortalecer y resaltar los elementos deseados de su identidad.
En Chile podemos observar procesos identitarios que se han
desarrollado de manera profunda y han generado transformaciones
culturales, consolidado o creado identidades. Curiosamente,
o quizás naturalmente, uno de los sectores más
activos en este sentido es el vino.
La cultura
del vino ha logrado incluso ser una moda, productos y tiendas
especializadas, cursos y degustaciones, conversación
y placer, distinciones que acompañan el placer de
estar juntos. Más allá, territorios y regiones
que empiezan a aparecer asociados a cepas exclusivas, circuitos
turísticos, institutos de especialización
con convenios internacionales, investigación y desarrollo
de nuevas tecnologías, para dar una nueva vida a
Casa Blanca, Rapel, El Maule o El Cachapoal. Resurgir de
una paisaje y una cultura que tiene que ver con las raíces
de Chile, quizás por eso la identidad del vino se
ancló con naturalidad y rapidez.
La identidad
implica una forma de vida y por lo tanto también
de producir. Es una posibilidad de negocio y de subsistencia.
En un mundo competitivo y economicista, la identidad tiene
su precio y formas de ser medida, ¿Cuánto
vale la identidad de una región? Si estamos hablando
de Ser de una determinada manera, de negocios asociados,
de posibilidades de producción, de desarrollos turísticos,
de años de crecimiento de la vid. ¿Cuánto
habría que pagar a las comunidades asociadas a los
viñedos de Bordeaux o del Nappa Valley para que decidieran
Ser otra cosa?
En este
fascinante mundo en movimiento que es la Comunidad Global,
nuestro país podría estar creando jurisprudencia
sobre el tema si es que las dos chimeneas de 50 metros de
altura de la proyectada Central Termoeléctrica Totihue
se levantan en medio del Valle del Cachapoal, que representa
el 25% de las exportaciones de vino de Chile o sea cerca
de 150 millones de dólares anuales. Por supuesto,
nuestra familia que decide dónde ir el fin de semana,
seguramente estaría optando por otro destino.
Mauricio
Tolosa Fundador y Presidente de la Fundación.
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